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Navidad: En búsqueda de un sentido
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Published: Dec.13.2007 @ 9:57 am | Last edited: Dec.13.2007 @ 5:51 pm

Navidad: En búsqueda de un sentido

Fernando Osorio Zumarán

Un estudiante y amigo mío que vive en Varsovia, me contaba que un compañero de clase de su hijo creía que la Navidad era la fecha en que se celebraba el nacimiento de Papá Noel. Pero esta confusión no es exclusiva de los niños, sino que—de otra manera—también afecta a los adultos. Esta pérdida de perspectiva en cuanto al significado de la Navidad es una marca que caracteriza a la sociedad entera en nuestros días.

Aquel niño ha concluido que en Navidad nació Santa Claus porque este personaje está asociado a la llegada,  recibimiento, e intercambio de regalos. Este hecho llena el panorama del mundo infantil, de la familia, y de la colectividad. Entonces, lógicamente, un niño llega a deducir que la celebración tiene que ver en gran medida con el gordo regalón vestido de rojo. Algo que subyace en la aserción de ese niño es la completa omisión de la figura de Cristo en este contexto. En otras palabras: la Navidad se refiere a regalos y a Papá Noel, ergo no tiene nada que ver con otra cosa, no tiene nada que ver con Jesús.

Los regalos

En la actualidad, los regalos constituyen uno de los símbolos centrales de la Navidad, mas no Cristo. Ellos son el centro de la festividad. Son la meta de nuestros afanes durante casi toda la temporada. Corremos tras de ellos de tienda en tienda, hacemos largas colas para comprarlos, gastamos considerable cantidad de dinero y tiempo, y nos endeudamos a veces más de lo aconsejable. Nuestra vida gira en torno a los regalos durante un mes entero.

Los defensores de esta enajenación dirán que el regalo simboliza el amor que sentimos por nuestros seres queridos y que al dárselos le estamos expresando nuestro amor. Pero yo creo que hemos perdido la real perspectiva del asunto. En Navidad nació Jesús, y ese debiera ser el asunto central de la fiesta. ¿Por qué necesitamos llenar de regalos a la gente en esa fecha para expresar lo mucho que la amamos? En Navidad no nacieron los miembros de la familia,¿por qué hacerle regalos a ellos entonces?, ¿por qué no se los hacemos a Cristo, en último caso?

Está de moda escuchar en tiempos recientes sobre el estrés que producen estas fiestas. Es que la Navidad genera una vorágine casi incontrolable de consumismo. Creemos que la mejor manera de expresar amor es a través de regalos—cuanto más caros, mayor el cariño. Curiosamente, muchas veces no es suficiente con uno, sino que es necesario más. Parece funcionar la lógica de "a mayor cantidad de presentes, más grande es mi amor". Por supuesto que esto termina por generar ansiedad, pues es difícil saber cuánto es suficiente y cuándo debemos parar. Si tan sólo le hiciéramos un presente a las personas que más queremos, ¿no sería suficiente, y evitaríamos así el estrés de esta temporada? Pero no, nos pasamos gran parte del mes de diciembre haciendo las benditas compras navideñas—algunos previsores empiezan en noviembre y otros aún antes. Me pregunto si esta época de alienación no es otra cosa más que un pretexto para comprar más y saciar nuestros apetitos consumistas. Creemos que al reunirnos en familia y al hacerles regalos a nuestros seres queridos minimizamos nuestras faltas, creemos que así expresamos y ponemos en práctica el mensaje de Cristo.

Los grandes beneficiados

Creo adivinar que los más agradecidos por el nacimiento de Jesús son los comerciantes. Ellos son, inobjetablemente, los que más se han beneficiados del misterio de "Dios hecho hombre". En Navidad, llegan a vender tanto como lo que venden el resto del año. He oído decir que muchas empresas y corporaciones serían inmensamente ricas con sólo el lucro obtenido durante el mes de diciembre. Sus ganancias son pingües. Imagino que ellos deben ser los más cristianos, los más devotos, y los más arduos defensores de los dogmas de su credo.

Si Cristo viera toda la fanfarria que su nacimiento ha generado. Si nos encontrara llenos de bolsas en las tiendas y centros comerciales invocando su nombre, estoy seguro que nos echaría a latigazos, tal como expulsó a los mercaderes que habían convertido el templo en un mercado.

Quién se acuerda de Jesús

¿Quién se acuerda de Jesús en Navidad?, ¿quién en la cena del 24 o en almuerzo del 25, recita alguna de sus parábolas?, ¿quién menciona que fue escupido, crucificado y muerto por perdonar a la adúltera y a otros pecadores?, ¿quién recuerda que fue él quien se rebeló contra la ley del "ojo por ojo, diente por diente" y preconizó en su reemplazo: "Si te dan una bofetada, pon la otra mejilla"?

Quisiéramos una fiesta centrada en el mensaje de amor que este palestino nos trajo hace más de dos mil años. No una hipócrita fachada en la que le deseamos paz, amor y prosperidad a todo el mundo, pero apoyamos las guerras, justificamos la discriminación racial y el desprecio por el inmigrante. Quisiéramos una fiesta que resalte el mensaje cristiano de solidaridad y compasión con los más débiles y necesitados. No queremos una fingida declaración de buenas intenciones, mientras en los hechos les negamos aumento de salario a los mineros y a los maestros, y sonreímos despectivamente cuando las empleadas domésticas reclaman 8 horas de trabajo, vacaciones y seguro de salud. Queremos que haya congruencia entre el mensaje de amor y paz que creemos haber asumido y nuestra práctica diaria a nivel personal, familiar, comunal, y global.

Nuestra sociedad lo ha separado todo. Los domingos nos acordamos de Dios, llenamos las iglesias, damos nuestro óbolo y rezamos, pero el lunes y el resto de la semana continuamos odiando y discriminando. En diciembre nos llenamos de buenos deseos de amor y paz para con nuestros semejantes, pero en enero y el resto del año seguimos apoyando los bombardeos y las matanzas de quienes se oponen a nuestras invasiones y ocupaciones.

En realidad sucede que estamos separando, por un lado, el mensaje de Jesús, y por otro, nuestra práctica cotidiana. Más nos interesa hacer las compras de Navidad que involucrarnos en una acción concreta que tenga alguna incidencia en el cambio para mejor, ya sea de nuestra situación personal, familiar o social. El torrente de compras en que caemos presos en esta época es una manera más de mantener nuestra mente ocupada, distraída, alejada de los asuntos esenciales de la existencia y de nuestra sociedad. Creemos que es suficiente ser compasivo con los miembros de nuestra familia, pero no con los que son diferentes a nosotros. Creemos que es suficiente con mandar tarjetas de Navidad a los familiares y amigos, pero es aceptable ignorar las necesidades de los inmigrantes y de los pobres, así como despreciar las vidas de los que viven a miles de kilómetros de nuestra sala y profesan doctrinas distintas a las nuestras. Reconstituyamos lo que ha sido separado. Hagamos que los depositarios de nuestras buenas intenciones—tanto en deseos como en hechos—sean todos los miembros de nuestra familia, comunidad, y del planeta, sin reparar en su raza, estatus legal, clase social, nivel educativo y creencias. Pongamos en práctica algo que dijo aquel hombre cuyo nacimiento conmemoramos en estas fechas: "ama a tus enemigos, si eres amable solamente con tus amigos, ¿cuál es el mérito?" El problema, como decía la Madre Teresa de Calcuta, es que nuestro concepto de familia es muy limitado. En realidad nuestra familia es la especie humana. Hagamos objeto de nuestro amor a todos los seres humanos sin excepción.

El mejor regalo

Hace poco leí en la sección infantil del Washington Post un artículo sobre lo que podemos hacer en esta época del año. Está dirigido a los niños, pero me parece también apropiado para los adultos, pues somos nosotros quienes enseñamos a los pequeños con nuestros actos.

Los mejores regalos que uno puede hacer son de dos tipos, primero: ofrecer nuestro talento, tiempo y presencia; y, segundo, compartir nuestras destrezas y conocimientos.

Algunos ejemplos van a continuación. Del primer tipo: si tocas algún instrumento musical, prepara un pequeño concierto para la fiesta de Navidad en tu centro de trabajo. Si destacas en la  fotografía, regálale una de tus originales a alguien que aprecies, o toma algunas especiales para la ocasión y obséquialas. Del segundo tipo: El tiempo y nuestra presencia son recursos altamente valorados; por consiguiente puedes hacer algún tipo de trabajo voluntario en alguna entidad de servicio a la comunidad, ya sea por ejemplo un centro de ayuda a los trabajadores indocumentados, u otro que asista a los desamparados en servirles la cena. Si eres bueno con las computadoras o el Internet, ayúdale a alguien—especialmente a los mayores—en desarrollar sus destrezas en estos campos. Si sobresales en algún deporte, ofrécele tus servicios como entrenador o preparador físico al equipo infantil del barrio.

Hay infinitas maneras de regalar algo de nosotros como muestra de nuestro cariño. No es necesario aglomerarse en los centros comerciales y gastar nuestros centavos duramente ganados.

Las 4 velas

Las cuatro velas

Una actividad interesante y significativa para realizar en Navidad es la que voy a proponer aquí. La aprendí en un evento religioso al que asistí con mi familia la noche del 24 hace algunos años. Se trata de una ceremonia que puede ser realizada en el hogar durante la Nochebuena. Es muy simple, pero plena de significado. En un recinto apropiado de la casa, se prepara una especie de altar. Al centro del cual vamos a colocar cuatro velas, cada una va asociada a un tema: la esperanza, la alegría, la paz, y el amor. Cada miembro de la familia escoge una vela, la enciende, la pone al centro del altar, y dice algunas palabras alusivas al tema que le tocó y lo que significa para él este concepto. No se trata de hacer un discurso, sino de compartir una sincera y sentida reflexión. 

En búsqueda de un sentido

Para concluir, ¿cuál es la propuesta a todo esto? La vuelta a las fuentes y la simpleza. Tener presente que en Navidad se celebra el nacimiento de aquel hombre que hizo del amor y perdón su doctrina y su práctica. Ese hombre que hizo lo que predicó, que inclusive perdonó a quienes lo torturaron y mataron como al peor de los delincuentes.

Mi invocación es que nos dejemos de hipocresías, que hagamos congruentes nuestros deseos de paz, amor y prosperidad con nuestras acciones, que nuestras buenas intenciones no se circunscriban a nuestro estrecho círculo social y familiar y realmente se extiendan de una manera efectiva al resto la comunidad y al resto del mundo. Mi pedido apunta a que seamos compasivos y nos solidaricemos con los desposeídos e indocumentados, con los que sufren persecución y tienen hambre y sed de justicia, con las minorías, con los que son diferentes a nosotros. Mi llamado es a que tratemos de que los buenos deseos que expresamos en las tarjetas de Navidad no se queden plasmados en el papel, y que hagamos el esfuerzo necesario para que se materialicen en acciones concretas a favor de la paz, el amor, y la prosperidad durante todo el año.

Dar de uno mismo es el mejor regalo, ofrecer nuestro tiempo, nuestra presencia, y compartir nuestros conocimientos y habilidades entre los miembros de la familia o la comunidad, es más valioso que el más caro de los regalos. Evitemos caer en el torrente de consumismo que devora a la sociedad entera en esta época del año. Mantengamos nuestro centro, preguntémonos cuál es sentido último de la Navidad. No caigamos en la trampa del "compre y lleve". Recordemos que en Navidad no nació Papá Noel, sino el que predicó amor y fue asesinado por eso.

¡Feliz Navidad!

Diciembre 2007

Los tres dones
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Published: Oct.11.2007 @ 3:24 pm | Last edited: Oct.12.2007 @ 11:10 am

  

Los tres dones

Fernando Osorio Zumarán

Mi amiga Mary Ann Buckley tiene una buena costumbre: después de leer un libro, ver una buena película, o realizar un viaje, escribe un documento en donde registra sus pensamientos y comenta lo recientemente experimentado. Por otro lado, Stephen Covey, en su libro El octavo hábito, les pide a sus lectores que, al finalizar cada capítulo, hagan un alto en la lectura y enseñen lo aprendido como una manera efectiva de afianzar y aplicar lo leído. Para emular a Mary Ann y seguir las recomendaciones de Covey, he preparado el presente artículo.

Estoy convencido que cuando uno enseña es cuando más aprende. También creo que una forma de enseñar puede ser escribir, por tanto,  voy a escribir ahora acerca de lo que he encontrado en el libro de Covey: sobre los dones que la vida nos ofrece. Y lo hago fundamentalmente como una manera de internalizar las ideas vertidas en uno de los primeros capítulos del libro mencionado, y de poner en práctica los principios que vamos a comentar en estas líneas.

Los dones

Este artículo versa sobre los dones, esas capacidades notables con que la vida nos ha dotado. Al ser conscientes de ellos y al usarlos oportuna y apropiadamente, podemos darle un significado trascendente a nuestra  vida. Al incorporarlos proactivamente en nuestro diario quehacer, podemos transformar positivamente nuestra vida, así como aportar algo valioso a nuestros semejantes y a la sociedad.

Los regalos que la vida, la naturaleza, o Dios—según sean nuestras creencias—nos ha dado, y de los cuales vamos a hablar, son los siguientes: 1) La libertad de elegir, 2) Los principios, y 3) Las inteligencias.

Libertad de elegir

 

 Principios                               Inteligencias 

Fig. 1. Los tres dones

 

La libertad de elegir

El modelo estímulo-respuesta es simple. Veamos; ante un estímulo cualquiera hay una respuesta por parte nuestra, pero entre ambos hay un espacio—o brecha—en el cual decidimos el tipo de respuesta a optar.

Voy a presentarles un ejemplo, pero antes, permítanme aclarar que los casos que presento en este artículo son experiencias personales. Estas han sido seleccionadas, no como un ejercicio de exaltación de mi ego, sino como un intento de concordancia entre lo que predico y practico. En otras palabras, pretendo escribir y preconizar solamente sobre aquello que realmente he sido capaz de aplicar a mi vida personal. La especulación teórica está fuera del ámbito de mi interés. He aquí un ejemplo: En Craigslist encontré un aviso de un músico que quería formar un trío para cantar música romántica; me interesó la idea y concerté una cita con el gestor del proyecto: Nelson. Quedamos en encontrarnos en el estacionamiento del metro de King Street, a las 2 p.m. Llegué dentro del rango de tiempo permisible, a las 2:05. Mientras estacionaba mi coche, alcancé a ver que Nelson recogía a otro músico interesado que también debía reunirse con nosotros en ese lugar. Pero grande fue mi sorpresa y decepción al ver que ambos se alejaban sin esperarme. Yo no tenía la dirección donde íbamos a reunirnos posteriormente. Los perdí de vista rápidamente. Me llené de frustración y rabia. Regresé a casa enojado, cogí el teléfono y llamé a Nelson. No contestó; le dejé un mensaje en el que le contaba toda la historia del frustrado encuentro y lo que había visto. En un tono resentido y crítico le dejé grabado lo siguiente: "está bien que no me hayas esperado, pues más vale conocer a una persona pronto que tarde", luego añadí, "por tu desdén en esperarme me he dado cuenta de qué clase de gente eres".  Eso sonó feo, ¿verdad?

Posteriormente, intuí que yo había obrado mal, me sentí turbado. Después pensé: quizás hice deducciones indebidas, o quizás él tuvo alguna razón para no esperarme. ¿Qué había hecho?, ¿por qué sentía tanta insatisfacción después de dejarle el mensaje? Trataré de explicarlo a la luz del modelo estímulo-respuesta.

 

 

 Fig. 2. Modelo Estímulo-respuesta

 En este caso hubo un estímulo, Nelson no me esperó. Yo me sentí dejado de lado. Hubo una respuesta mía, me ofusqué y le dejé un mensaje un tanto agresivo. Entre el estímulo y la respuesta se dio un espacio de oportunidad para que yo pudiera escoger una respuesta, una oportunidad que desaproveché. Fue ahí donde yo no estuve en control y me dejé llevar por una emoción negativa; alcé el teléfono y lancé mi ataque. Pero pude haber optado por una respuesta diferente, más comprensiva y sana.

En ese espacio es donde reside la libertad de elegir, y donde podemos decidir qué tipo de respuesta es la que vamos a dar, si actuaremos con sabiduría o si nos dejaremos llevar por las emociones provocadas por el estímulo. Podemos elegir nuestra respuesta porque, como seres humanos, tenemos la libertad y el poder para hacerlo. La libertad de elegir determina la calidad de nuestra respuesta y la tiñe con un tono positivo o negativo, según la dirección en que nosotros decidamos responder. Observemos cualquier situación en nuestra vida y tratemos de determinar esa brecha en la cual nosotros siempre tenemos el poder de decidir nuestra respuesta. Es posible hacer que ese espacio sea más grande, más pequeño o inexistente. Es una cuestión de voluntad. Pero lo primero es tomar conciencia de la existencia de ese espacio y, segundo, tratar de expandirlo a fin de responder de una manera sicológicamente sana y basada en principios.

La existencia de este espacio en el cual ejercemos nuestra libertad de elegir, es lo único que puede salvarnos de la creencia que ante todo estímulo solamente hay una respuesta. La existencia de la libertad de elegir nos libera del fatalismo, le resta poder al estímulo, permite que dejemos de culpar a los demás por nuestros actos y traslada la responsabilidad hacia nosotros. En ese espacio entre estímulo y respuesta, somos nosotros—y no otros—quienes decidimos, salimos de la situación de víctima, y trascendemos los determinismos genéticos y culturales que son parte de nuestro ser. Estos últimos influyen pero no determinan. Somos nosotros los que decidimos. Este espacio, en que ejercemos nuestra libertad, es el lugar en el que reside nuestra ulterior satisfacción.

Los principios

Por el don de la libertad, elegimos nuestra respuesta ante un estímulo dado. Esta elección tiene que ser tomada con sabiduría, pero ¿de qué sabiduría estamos hablando, en base a qué vamos a responder a los estímulos? En primer lugar debemos recordar que cada acción tiene una consecuencia, es una ley inexorable. Por consiguiente nuestra decisión sobre cómo actuar debe hacerse en concordancia con ciertos  principios, señala Covey. Estos son conceptos universales y permanentes que forman parte de la naturaleza humana. Son intrínsecos a nuestro ser, indiscutibles y evidentes. Además son comunes a todos los seres humanos, e independientes de la cultura y geografía. Estos principios son: la justicia, la honestidad, la verdad, y el respeto. También podemos continuar mencionando la integridad, la armonía, la compasión, el servicio a los demás, y  la contribución a la sociedad. Es la intuición, o inteligencia espiritual, la que nos permite reconocer si estamos caminando por el camino correcto, es decir  si nuestras acciones se encuentran enmarcadas dentro de principios. Estos, según Covey, están siempre presentes en la vida social y operan constantemente, como las leyes de la naturaleza, como la ley de la gravedad por ejemplo.

Permítanme contarles un caso. Hace poco asistí a un evento en el cual tenía que compartir la habitación con dos personas más. Teníamos que estar listos a las 6 de la mañana para la primera actividad del día. Obviamente, esto suponía que debíamos levantarnos antes. Uno de los miembros del grupo, Rick, decidió la hora: las 5 y 15. Yo le pedí que pusiera el despertador a las 5 y media para poder pasar un poco más de tiempo horizontal. Rick a su vez consultó con Ken, quien se manifestó neutral. Rick usó esa neutralidad a su favor y mantuvo la hora que inicialmente había propuesto; Ken asintió. Yo no insistí en mi pedido, pero empecé a sentir rabia contra Rick por haber hecho caso omiso a mi pedido. Cuando menos me di cuenta, yo ya había acumulado una cantidad de cólera suficiente como para sentirme completamente infeliz y ser incapaz de conciliar el sueño. Empecé a  pensar cosas horribles de mi compañero de cuarto y desearle la peor de las suertes. Fue cuando una luz interior iluminó mi entendimiento, súbitamente recordé el modelo estímulo-respuesta y decidí aplicarlo para salir de aquel pequeño infierno emocional en que me había sumido. Analicé los acontecimientos. Vi claramente el estímulo: la negativa de Rick a poner el despertador a la hora que yo consideraba apropiada; la respuesta: una irritación galopante en mi interior, la pérdida de mi tranquilidad, y el profundo sentimiento de separación e infelicidad que había crecido dentro de mí. Entonces vislumbré la brecha y decidí modificar mi respuesta emocional en base a un par de principios: la armonía y la compasión. La armonía que debiera reinar en este grupo de 3 personas que por varios días debíamos compartir una habitación. La compasión por mi compañero Rick, que, probablemente no tenía nada personal contra mí y solamente pensaba que era una buena idea levantarse 45 minutos antes de comenzar con las actividades. Luego de decidir modificar mi respuesta para bien, me di cuenta que la compasión que buscaba se orientaba fundamentalmente hacia mi persona, pues no era sabio sufrir como un infeliz ni albergar odio en mi corazón. Descubrí que el mayor beneficiario de la compasión era yo mismo. En ese momento yo ya estaba situado en la brecha en la cual somos libres para decidir nuestra reacción. Percibí con claridad que yo podía elegir entre llenarme de ira y poner a Rick en mi lista negra y sufrir, o liberarme del sufrimiento y ver a Rick, y a mí mismo, nuevamente con ojos compasivos. La decisión estaba tomada, decidí liberarme de la rabia y sentir paz. Pero, la liberación presupone un reconocimiento y una aceptación del sentimiento. Para ello, puse ese sentimiento maligno, que me estaba corroyendo, dentro de un globo y lo dejé ir hacia el  espacio infinito; y lo dejé alejarse hasta que se hizo pequeñito y  desapareció de mi vista. Al finalizar el ejercicio, yo estaba nuevamente en paz, libre de sentimientos negativos, y así fui capaz conciliar el sueño.

La mañana siguiente el despertador sonó a la hora fijada, mis compañeros se levantaron raudos, yo me quedé en la cama hasta las 5 y media. Luego me levanté, me aseé y me vestí, pero tuve que agitarme para poder estar listo a las 6:00. Luego me di cuenta que habría sido más sensato levantarme 15 minutos antes y haber contado con cierta holgura al alistarme. Comprobé que mis compañeros tenían razón, las 5 y cuarto era la hora apropiada para levantarse. Cabe además agregar que durante los días subsiguientes los tres tuvimos la oportunidad de entablar cordiales y fructíferas conversaciones. Al término del evento, Rick, Ken y yo éramos ya buenos amigos. Es pues en el espacio entre el estímulo y respuesta donde reside nuestra satisfacción con nuestros actos.

Las inteligencias

El tercer don es múltiple y está conformado por las inteligencias. Cuando hablamos de inteligencia pensamos en la habilidad intelectual para analizar, hacer abstracciones, usar el lenguaje, y comprender. Sin embargo, estas caracterizaciones obedecen exclusivamente a la esfera del intelecto. Estas constituyen solamente un aspecto de la inteligencia, la cual podríamos llamar inteligencia mental. Pero la inteligencia es algo más que eso. Daniel Goleman habla de la inteligencia emocional como la capacidad de conocerse a sí mismo, de adaptarse a un medio socio-cultural y de relacionarse y comunicarse con las personas de una manera exitosa. Este tipo de inteligencia es en muchos casos mucho más importante y útil que la primera. Los especialistas señalan que la inteligencia emocional determina, en mayor medida que la mental, el éxito en los ámbitos de las relaciones humanas, las comunicaciones y el liderazgo. 

 

Fig. 3. Las 4 inteligencias/capacidades

Además de estos dos tipos de inteligencia, tenemos la física y la espiritual. La inteligencia física es la capacidad que tiene nuestro cuerpo para funcionar coordinada y armónicamente—aun mientras dormimos—y para curarse a sí mismo. Es importante ser conciente de esta maravillosa capacidad,  la cual muchas veces damos por descontada.

Covey se refiere a la inteligencia espiritual como la fuente y el origen de las otras tres. Aquella alrededor de la cual giran las demás. Es más, según él, la inteligencia espiritual es la que guía y dirige las otras tres.

Desarrollo de las 4 capacidades

La buena nueva de todo esto radica en que estas capacidades no son estáticas y  en la posibilidad de desarrollarlas. Como es fácil advertir, las 4 inteligencias tienen áreas comunes, una y otras se traslapan. Por ejemplo, si hacemos ejercicio físico, nuestro tono muscular mejora y nuestro cuerpo, en general, se va a hacer más flexible, fuerte, saludable y va a funcionar mejor. Lo cual va a influir en nuestro estado emocional y mental, vamos a funcionar de una manera más armoniosa con nuestro entorno social, y vamos a ser capaces de pensar de una manera más clara.

Nuestro destino es evolucionar, para eso estamos sobre este planeta. Nuestra tarea, por consiguiente, es desarrollar las cuatro aspectos de nuestro ser: físico, mental, social, y espiritual.

Lo ideal es trabajar conjuntamente en el desarrollo de las 4 inteligencias. Para ello podemos valernos de algunos ejercicios propuestos por Covey, los cuales  he modificado ligeramente. Trace un plan en cada una de estas dimensiones y dé los pasos necesarios para hacer cambios efectivos. Si piensa que es demasiado trabajar simultáneamente en las cuatro dimensiones, empiece por identificar algunas de ellas y dedíquese a su desarrollo.  He aquí los ejercicios:

1. Para la inteligencia física—suponga que usted ha tenido un ataque al corazón; ahora viva de acuerdo con esta realidad.

2. Para la inteligencia mental— suponga que solamente le quedan cuatro años de vida útil en su profesión; ahora viva de acuerdo con esta realidad.

3. Para la inteligencia emocional— suponga que todo lo que usted diga sobre otras personas, puede ser escuchado por ellas; ahora viva de acuerdo con esta realidad.

4. Para la inteligencia espiritual— suponga que usted tiene una reunión mensual con su Dios; ahora viva de acuerdo con esta realidad.

Los esfuerzos por desarrollar estas capacidades, si bien es cierto van a redundar en nuestro beneficio personal, no son vanos ejercicios egoístas, pues debemos entender que cuanto mejores personas seamos, más beneficios podremos aportar a la sociedad y los demás. Cuanto mejores individuos seamos, nuestro impacto y capacidad de influir en otros serán mayores. Cuanto más desarrollemos estas capacidades estaremos en mejores condiciones de inspirar a nuestros semejantes en encontrar su verdadero camino.

Podemos crear un mundo nuevo

Contamos con todo lo necesario para hacer de nuestra vida lo que siempre hemos soñado; contamos con las inteligencias o capacidades; tenemos los principios que forman parte intrínseca de nuestra naturaleza; y contamos con la libertad de elegir lo que queremos hacer de nosotros y de nuestra vida.

Hemos recibido estos dones como parte de nuestra naturaleza. Es necesario ser consciente de ellos, aplicarnos en nuestra vida y desarrollarlos. Al hacer uso efectivo de estos dones podemos ser más felices, sabios, y, por consiguiente, aportar algo mejor a la comunidad en la que estamos inmersos. Al crecer como personas podemos convertirnos en fuente de inspiración para otros y ayudar a los demás en la búsqueda de propia voz. Premunidos de las inteligencias, basados en los principios, y entrenados en el uso juicioso de la libertad de elegir, podemos crear un mundo nuevo y más pleno para nosotros, y, como consecuencia, para los que nos rodean.

 

Thay
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Published: Aug.21.2007 @ 3:23 pm | Last edited: Aug.21.2007 @ 2:42 pm
 
Thay

Fernando Osorio Zumarán


Aquí daré cuenta brevemente de la figura de Thich Nhat Hanh y de la impresión que ha causado en mí.

Hace escasamente un año supe de él. Leí tres de sus libros y me quedé fascinado por la manera simple y directa, profunda y poética con que expone los principios y las ideas del budismo. En febrero de este año me enteré que venía a Estados Unidos a dar un retiro en el mes de agosto. Sin dudarlo me inscribí de inmediato. No podía perderme la oportunidad.

Thay—como lo llaman sus amigos y seguidores—suele organizar un retiro de verano por estos lares cada año. Esta vez el retiro tuvo lugar en Stonehill College en Easton, Massachusetts, a 22 millas al sur de Boston. Stonehill es una pequeño college que ocupa un área de 375 acres. Sus edificios poseen el característico estilo arquitectónico de la Nueva Inglaterra, que en medio de amplios y bien cuidados jardines llenos de árboles, arbustos y flores hacen de Stonehill un pequeño paraíso.

En este retiro se congregaron por una semana aproximadamente unas 1200 personas que llegaron de distintos lugares del mundo. Había entre los concurrentes niños, jóvenes y adultos, monjes y laicos, todos unidos por un objetivo común: la búsqueda y  puesta en práctica de la conciencia plena y de la armonía en sus vidas diarias.



Thich Nhat Hanh,  agosto de 2007

Thay apareció un lunes a las 10 de la mañana en el centro del estrado. Cuando alcé la vista, él ya estaba sentado con las piernas cruzadas, quieto. Después de unos instantes de completo silencio, en un auditorio que albergaba a la totalidad de los asistentes, sonó la campana. Cuando la última vibración audible del metal se desvaneció, Thay empezó a hablar: “Buenos días amigos” fueron sus primera palabras. Su voz denota que ha vivido ya 82 años, sin embargo es clara y suficientemente potente. Su ritmo es pausado y parece que piensa bien las palabras que elige. Hace pausas frecuentes y eso le da mucha fuerza a su mensaje. Generalmente emplea figuras alusivas a la naturaleza para ilustrar sus ideas; figuras tales como la nube, la ola, la flor, entre otras. Su enseñanza es simple, clara, directa y contundente. Sus frases son cortas y por ende efectivas. No se complica en elucubraciones intelectuales, no se va por las ramas. El siempre enfatiza en no dejarse atrapar por las palabras y en la necesidad de trascender sobre ellas. También promueve el no dejarse atrapar por los conceptos—aun por los que él enseña—y la necesidad de trascenderlos e internalizarlos por medio de la perspicacia y la intuición.

Lo que más llama la atención es su calma, siempre está tranquilo, aún cuando camina. Parece estar presente constantemente, parece estar despierto. Yo logro alcanzar intermitentemente momentos de conciencia plena en los cuales estoy presente en el aquí y el ahora, pero tengo la impresión de que Thay está ahí permanentemente, que está presente siempre; eso es lo que define a un iluminado. Otra característica de su presencia es que su rostro está relajado y la sonrisa está ahí a flor de piel, cuando no visible, lista para manifestarse con facilidad e irradiar luz. Todo esto se puede ver, se puede sentir.

Siempre he pensado que un buen maestro es aquel que presenta los temas—incluso los más complejos—de una manera comprensible, coherente, y completa. Un buen maestro es aquel capaz de transformar en fácil lo difícil. Y en esto también Thay sobresale. Al tocar temas complejos que constituyen aspectos fundamentales del pensamiento y filosofía budistas, tales como la impermanencia, el vacío, el inter-ser, la iluminación, y el nirvana, entre otros , él se vale de técnicas expositivas que hacen que estos asuntos puedan ser seguidos y entendidos por la mayoría. Finalmente otro ingrediente de su personalidad es su perspicaz y fino sentido del humor, con el cual tiñe e intercala su discurso en los momentos precisos de una manera que hace reír y sonreír de buena gana a su audiencia.

    Me considero muy afortunado por haber tenido la oportunidad de haberlo visto, escuchado, y de haber sentido su presencia. Pocas veces en la vida tenemos la ocasión de estar cerca de un hombre que representa la posibilidad humana de alcanzar armonía, sabiduría, y paz. Pocas veces estamos frente a un hombre que practica lo que predica  y que irradia su doctrina, no solamente con su palabra sino también con su presencia física y espiritual. Pocas veces tenemos la gracia de nutrirnos directamente de la presencia y mensaje de un maestro que es un ejemplo viviente de alguien que ha desarrollado paz interior y alegría, y que al mismo tiempo es consciente de la coyuntura social de nuestros tiempos y de nuestras dificultades y preocupaciones. Sin duda alguna, Thich Nhat Hanh es un iluminado, un guía espiritual de nuestros días, y una fuente de inspiración y esperanza en estos tiempos de insensatez y confusión.

Agosto de 2007


Caro diario
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Published: Feb.16.2007 @ 1:20 pm | Last edited: Aug.21.2007 @ 2:44 pm

Caro diario

Por Fernando Osorio Zumarán

Conócete a ti mismo; conoce tus fortalezas y
debilidades; tu relación con el universo;
tus potencialidades; tu herencia espiritual;
tus objetivos y propósitos; haz un inventario
de ti mismo.
—Sócrates


¿Quién no ha escrito alguna vez un diario aunque sea por una temporada, o por lo menos lo ha intentado? ¿Quién no ha puesto por escrito pensamientos o acontecimientos de importancia ocurridos y ha experimentado al hacerlo una sensación de claridad y objetividad respecto de sí mismo y de los hechos acontecidos?

Escribir un diario parece ser algo muy elemental, simple, o propio de adolescentes románticas, pero puede ser algo muy complejo y profundo cuyos linderos se ubican en la esfera del auto—conocimiento, la introspección más descarnada, y la contemplación acuciosa de los procesos mentales. En efecto, mantener un diario puede convertirse en un hábito esencial en el proceso de discernimiento de nuestra evolución como seres humanos.

De cuaderno de bitácora a diario de navegación
He llevado diarios en varias ocasiones. Una de las más recientes fue en Trujillo, Perú, entre 1994 y 1997. En mis cuadernos de hojas sin rayas ni cuadrícula, mantuve un diario en el que anotaba reflexiones íntimas sobre mi vida, observaciones y apreciaciones sobre la intensa vida social que por razones profesionales llevaba en esa época. Podría decir que ese diario era una radiografía de la sociedad y cultura trujillanas en la cual me hallaba inmerso.

Posteriormente cuando me mudé a Estados Unidos por segunda vez en el 98, empecé otro diario, pero esta vez cambié los cuadernos Loro de pasta amarilla y azul por los archivos de computadora. Fue una experiencia interesante porque podía escribir con mayor rapidez y no requería de un espacio físico para almacenar los cuadernos que iba acumulando al estilo del amanuense. Pero todo tiene sus riesgos, partes de aquel diario se perdieron en alguna caída del sistema operativo; cosas de la nueva tecnología, dicen.

En ambos casos la duración de aquellos diarios fue efímera, nunca más un año de manera continuada. Aunque siempre anoté pensamientos y reflexiones sobre aspectos que concernían a mi vida interior, profesional, y el devenir de la sociedad, nunca antes el acto de escribir y la manera de  relacionarme con el diario habían sido tan intensos como en estos últimos meses.

En agosto del año pasado empecé a anotar en un cuadernito rayado en espiral de pasta azul, “National Brand”, mis actividades diarias. En cada página anotaba de manera sucinta lo que tenía que hacer. Registraba cosas como: “pagar cuenta de teléfono”, “cita con el dentista a las 4:00”, “llevar ropa a la lavandería”, “llamar a Melisa y Pablo” (mis hijos), “cocinar”, “pasar la aspiradora”, “escribir informe del proyecto”, “contestar carta de Cecilia”, “reunión de personal, 2:00”, “ir al supermercado”, etc. El cuadernito era como una agenda, pero era yo quien diseñaba el formato. Obviamente, esto no es lo que constituye un diario personal. Pero, a finales de octubre  pasado empecé a anotar pensamientos que condensaban lo más saltante del día o aquello que consideraba de importancia más allá de los asuntos de supervivencia diaria. Así fue como poco a poco fui escribiendo cada vez más reflexiones y menos listas de cosas por hacer. La cotidianidad le fue cediendo lugar a la trascendencia. Así, al llegar noviembre, yo ya no tenía una lista de mandados sino un diario de crecimiento personal. Desde entonces, con la excepción de un par de días, no he dejado de escribir. Lo que al comienzo era un cuaderno de bitácora, se convirtió en un diario de navegación.



 Del Diario del Alf. Juan Pérez, 1774
Archivo General de Indias, Sevilla


Hay una diferencia entre ambos, ¿verdad? En el diario de navegación, el capitán de la embarcación anota no solamente la información física que reside en el cuaderno de bitácora tales como el nivel de las aguas, el estado de la marea, el rumbo, y los datos meteorológicos, sino también las vicisitudes que ocurren durante el viaje, las averías que sufre la embarcación y el estado del casco, máquinas y aparejos. Además de hacer constar los datos de navegación, anota también el clima emocional que se da entre los tripulantes, las medidas disciplinarias y las decisiones de peso que afectan la travesía. De igual manera, algunos navegantes de la vida anotamos datos concretos de nuestra particular navegación, las averías que sufrimos y las peripecias que experimentamos en nuestro itinerario; registramos también los momentos felices, nuestras relaciones con los demás compañeros de viaje, y todo aquello que afecte nuestro periplo por esta existencia humana. Probablemente nunca tengamos ocasión de revisar nuestro diario de navegación, pero haber llegado a buen puerto será una señal clara que valió la pena haberlo escrito.

Reencuentro
Pero, ¿por qué todo esto es tan importante para mí y por qué estoy compartiendo con ustedes este aspecto tan personal de mi vida? Antes de responder esta pregunta debo mencionar lo que entiendo por un diario. Un diario es un elemento físico, el cuaderno o archivo de computador, un espacio, y un tiempo en el cual el individuo registra lo que considera de importancia para él. Es una herramienta con la que uno realiza un acto de introspección y de conciencia del momento presente, y, en soledad, se reúne consigo mismo para reflexionar sobre el transcurso del día. Esta reflexión se da en términos no solamente de acontecimientos en relación al mundo exterior, sino principalmente de lo acaecido internamente. Aquí el diarista contempla los procesos mentales y sentimientos que han sido relevantes en la jornada, y los relaciona con los asuntos que son el centro de su proceso existencial. De esta manera, quien escribe puede percibir de una manera más objetiva lo que está pasando en su psiquis, puede adquirir un nuevo punto de vista, y tomar cierta distancia de los hechos e incluso de sí mismo. Todo esto con el objetivo de conocerse mejor a sí mismo y entender mejor lo que está pasando en su vida.

Aventura, juego, y viaje
Permítanme explicarles cómo veo las cosas para que entiendan un poco mejor las motivaciones que me han llevado a mantener un diario. Estoy en un momento de mi vida en que he decidido tomar el toro por las astas, (¿una vez más?). Quiero decir que he tomado la determinación de crecer y llegar a ser—como dice Matthew Kelly—la mejor versión de mí mismo. Esto significa que tengo que valerme de cualquier herramienta a mi alcance para lograr mis objetivos, una de ellas es el diario.

Para mí, la vida se ha convertido en una emocionante aventura por acercarme al verdadero ser que soy—o que pretendo ser. Trato de enfrentarme a todos los trucos que ofrece la mente para desviarnos de los asuntos centrales de la existencia. Busco derrotar toda clase de distracciones que ofrece el mundo y la sociedad y que nos alejan de lo esencial. Me esfuerzo por aniquilar a ese idiota con ínfulas de todopoderoso y centro del universo que es el ego y que solamente acarrea sufrimiento.

Vivimos en una cultura que promueve la distracción permanente, que se esmera por mantenernos distraídos, alejados de nuestro centro, inconscientes. Una cosa es distraerse y otra llevar las riendas de su propia felicidad. Al distraernos, otros conducen nuestra conciencia y atención; al buscar la felicidad, nosotros somos los conductores. A fin de ajustarme mejor a los principios que me mueven, diría que no se trata de distraerse, sino de ser feliz, de vivir plenamente, y de disfrutar lo bueno del hecho de estar vivo. En otras palabras, se trata de mantener una actitud lúdica aun en los asuntos más complejos y profundos. Dicho esto último, podría afirmar ahora que la vida, además de una aventura, es un juego en el que se trata de trascender las limitaciones que el ego y la sociedad nos imponen. Un juego en el que se trata de alcanzar la verdadera libertad, ese estado mental en el cual nos alzamos por encima de la envidia y el rencor, de la ansiedad y la avaricia, del odio y la ira. La verdadera libertad es un estado en el cual nos liberamos del miedo, del sufrimiento y del apego a los objetos—tanto materiales como mentales. La vida entonces podemos considerarla un juego en el cual buscamos ser realmente libres. Un juego en el que ganamos si alcanzamos el estado de despierto, aquel a que se refieren Jesús, Buda, Gurdieff, Krishnamurti, entre otros.

La vida semeja también la idea de un viaje, desde el nacimiento hasta el momento de la muerte. Un viaje durante el cual tratamos de llegar a ese puerto llamado auto—conocimiento y a esa tierra prometida llamada paz interior, y por consiguiente merece ser registrado. Un viaje en el que se trata de develar todos los velos, de quitarnos todas las máscaras, enfrentarnos a nuestro lado oscuro y encender una lámpara de luz. En este proceso, que se asemeja a una aventura, un juego y un viaje, andamos como Diógenes, linterna en la mano, buscando al hombre real. Mas no lo buscamos allá afuera en la calle, sino internamente; buscamos a aquel que habita dentro de nosotros mismos y a quien no conocemos enteramente. Buscamos crecer. Confieso que a veces me siento como un niño dentro del cuerpo de un adulto, cuando no un adolescente con rasgos y facciones de viejo; por consiguiente, para mí, todavía es válido hablar de la necesidad de seguir creciendo. Aun cuando cada vez nos estemos haciendo más viejos y estemos un poco más cerca de la muerte, aquello de crecer sigue teniendo vigencia. Sócrates solía decir que la vida es una constante y larga preparación para un último momento: el de la muerte.

Para darse cuenta
Dado este marco, ahora estoy en condiciones de lanzar algunas ideas acerca de la utilidad de  mantener un diario, con la esperanza de que algunos de mis queridos lectores hagan  la prueba y lo intenten también. Escribir un diario me ha permitido entrar en contacto permanente con mis fibras más profundas, identificar y encarar mis imperfecciones de una manera franca y decidida. También me ha permitido asumir una posición reflexiva aguda y constante sobre el proceso de mi vida y tomar acción para reparar con determinación mis áreas débiles. En otras palabras, mantener un diario me ha llevado a establecer un diálogo abierto y realista conmigo mismo con la finalidad de encontrar una solución a cuanta dificultad y desasosiego apareciese en mi vida. He logrado el alivio de quien saca al exterior un secreto y comparte los sentimientos, emociones y pensamientos que permanecían reprimidos. El diario se ha convertido en un confidente e interlocutor fiel y comprensivo, pero al mismo tiempo crítico. Adicionalmente, mantener un diario me ha hecho más consciente de la activa efervescencia de mi vida espiritual y me está ayudando a crecer y evolucionar integralmente en esta fascinante aventura de la vida.



Un espacio y un tiempo de encuentro y comunión consigo mismo

Solo, frente a la verdad
Al sentarnos a escribir nos encontramos frente a nuestra realidad despojada de todo tipo de adornos o accesorios: no necesitamos fingir, impresionar a nadie, ni  aparentar lo que no somos. Ahí estamos solos frente al papel en blanco, frente a nosotros mismos, sin máscaras, ni maquillaje. No es necesario mentir, ni exagerar, ni alardear; estamos desnudos frente a la verdad de nuestra existencia tal como es. También nos damos cuenta que lo importante, más que el resultado en sí, es el proceso. Generalmente no vuelvo a leer lo que escribo, pero sé que lo más importante es la vivencia del momento. En estos breves períodos de contemplación sucede como una epifanía, como que ciertas cuestiones se aclaran bajo el influjo de nueva luz derivada de la introspección solitaria; ocurre un darse cuenta, cierta iluminación.

Al poner en blanco y negro nuestros pensamientos, sobreviene algo mágico, bajamos el ritmo apurado de la vida cotidiana con todas sus vicisitudes y preocupaciones, desaceleramos la máquina, y sintonizamos con otra frecuencia, con la de la vida, con la del cosmos. Entonces somos capaces de hurgar con mayor comodidad por los vericuetos y profundidades de nuestra alma, sin prisa ni ruido exterior. Al escribir entramos en otra onda, tomamos distancia de los hechos acontecidos e incluso de nosotros mismos y alcanzamos a vernos con mayor objetividad. Nos ubicamos en una torre de observación que nos permite adquirir un nuevo punto de vista y logramos una visión más de conjunto. Ocurre un cierto desprendimiento de nuestros apegos y obsesiones, entendemos mejor las cosas. Al escribir dejamos de lado en cierta medida las emociones negativas que pueden haber estado interfiriendo con el cabal entendimiento de la cuestión.

Trato de escribir todos los días, generalmente lo hago antes de acostarme y de leer mi libro de turno. Anoto lo que más me impresionó durante el día, o algún pensamiento que haya andado rondando por mi cabeza. Hago como un balance del día y registro—sobre todo—sentimientos, actitudes y respuestas de comportamiento adoptados, a la vez que trato que darme cuenta por qué han ocurrido así y cuál ha sido mi responsabilidad. Trato de recordarme quién soy, dónde estoy, y cuál es mi propósito en la vida. Estos tres últimos aspectos me ayudan a centrarme, a asumir una respuesta compasiva—pero clara—ante lo acontecido, y a extraer un aprendizaje con la esperanza de poder aplicarlo en una situación futura. Por supuesto que no solamente anoto cuestiones trascendentes sino que también escribo sobre cuestiones sencillas de la vida cotidiana, cuestiones ligeras pero que son importantes para mí. Escribir el diario es como hacer un alto en el camino parar tomar impulso, reconocer logros, y seguir adelante con la sensación de que avanzamos.

Aunque soy un fanático de las computadoras, ahora último prefiero usar un cuaderno para este menester, esto me permite apaciguar un poco la prisa del día, así me siento en una dimensión más humana y menos dependiente de la celeridad de una máquina. De esta manera también alcanzo una cadencia más pausada, más sincronizada con la de la vida, y más congruente con lo que deseo—que es adquirir la calma necesaria para reflexionar de una forma más contemplativa.  

Puerto
Tengo que agregar que me siento muy feliz y afortunado de poder contar con esta simple pero poderosa herramienta de crecimiento personal, que no dudo en recomendar; pues de un tiempo a esta parte, me he dado cuenta que mantener un diario es una magnífica manera de estar en contacto con lo más interno de nuestro ser y de lidiar con nuestras imperfecciones a fin de superarlas. Escribir un diario es un estupendo hábito que nos lleva a buscar asiduamente un segmento de tiempo sagrado en el que nos recogemos en reflexión y hacemos una evaluación personal de nuestra actuación en el mundo durante el día; un hábito en el que nos hacemos las preguntas difíciles y contrastamos nuestro accionar con el propósito que nos mueve en este mundo; un hábito en el que discurrimos si durante la jornada nuestra actitud y quehacer fueron los necesarios y suficientes para convertirnos en la mejor persona que deseamos ser.

Arlington, Virginia, febrero de 2007.





Al maestro con cariño
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Published: Dec.24.2006 @ 12:59 pm | Last edited: Aug.21.2007 @ 2:46 pm

Al maestro con cariño

Por Fernando Osorio Zumarán

Este año [2006] he cumplido 30 años dedicado a la docencia, por tratarse de un número redondo quisiera hacer un balance de lo vivido, una reflexión en torno a la educación, y compartir con ustedes algo de lo que ha significado para mí esta profesión.

Los inicios
En el 76, trabajaba yo en el Ministerio de Comercio haciendo estadísticas de las exportaciones no tradicionales. Ganaba poco, pero era suficiente para cubrir las necesidades de un joven recién graduado, casado y sin hijos. Era verano y acababa de ganar un concurso público para ocupar un puesto como Ingeniero en el flamante Ministerio de Alimentación; ahí el sueldo inicial iba a ser un 40 por ciento más alto. Aún no había respondido, cuando Chicho Bonifaz, mi suegro, me ofreció un puesto como profesor en la Universidad del Pacífico; ahí ganaría, para empezar, algo más del doble.

¿Yo de profesor? No había contemplado tal posibilidad en el pasado, pero la propuesta era interesante. Grande fue mi dilema, pues debía optar por continuar con mi profesión o iniciarme en un campo que me era casi completamente desconocido. Debía yo elegir entre hacer carrera en el campo en el que me había formado o iniciarme en otro totalmente nuevo y que poco tenía que ver con los planes profesionales que conscientemente me había trazado. Al final decidí por la Universidad. No solamente fue el sueldo el factor determinante en mi decisión, sino que hubo otros, cuyo significado he tratado de esclarecerme durante los años que vinieron. Entre ellos estaba la atracción que sobre mí ejercía el claustro universitario con su aureola de institución dedicada al cultivo y desarrollo del conocimiento humano; veía la universidad como una especie de convento del saber. Por otro lado, significaba para mí, de cierta manera, la prolongación de mis años de estudiante—años felices y fructíferos en los que consolidé una disciplina de estudio y una actitud reverente frente a todo lo que significara conocimiento, años en que alimenté una devoción por los libros y las inquietudes del intelecto.

Aceptar el puesto de profesor en la universidad significaba para mí mantenerme en aquel mundo calmo de estudio, investigación, e interacción con quienes compartían intereses similares a los míos. Significaba, al mismo tiempo, continuar viviendo la efervescencia del mundo de las ideas aplicadas a todas las esferas del quehacer social. En esos días, pensé que sería una forma de mantenerme a la vanguardia del pensamiento. Era como embarcarme en una aventura en la que canalizaría todas mis inquietudes intelectuales. Presentí que sería una forma de mantenerme siempre joven y alerta al acontecer social y político. Esa fue mi intuición en aquella época, la cual he venido a entender y confirmar luego con el paso del tiempo.

Mis primeras clases
Tenía 26 años cuando empecé a dictar cursos de matemáticas y estadística; mis alumnos eran unos pocos años menores que yo, y adivino que por eso me trataban siempre de tú, pero al mismo tiempo con mucho respeto. Yo estaba en mi salsa; me sentía a la vez profesor y estudiante universitario. Ahí aprendí a hablar en público, a organizar mejor mis ideas antes de presentarlas, y a prestarle atención a la dicción, cadencia y proyección de la voz. Descubrí también que se podía ser maestro no solamente en el aula, sino también fuera de ella, que había una labor de patio y, por qué no decirlo, de cafetería. En estos lugares se daba gran parte de la tarea docente de transmitir valores, ideas, y de relacionarse con los educandos.

En esos años reafirmé mi afición por las ciencias exactas y disfruté de la belleza y perfección que ellas encierran. Encontré arte en la ciencia, ¿quién me puede decir que la teoría de los límites para llegar al concepto de derivada en cálculo infinitesimal no es un salto hacia adelante en el desarrollo del pensamiento abstracto, o que las curvas que representan las funciones trigonométricas tangente y secante no encierran una estética incomparable? Y lo más digno de ser relevado se halla en la relación entre la forma matemática y su representación gráfica—uno de los grandes aportes de la geometría analítica—aquí radica, a mi entender, uno de los mayores goces estéticos que nos puede brindar la matemática. Veo aquí claramente la relación entre la matemática y las artes visuales. Las obras de arte, a mi entender, son formas visuales de la exactitud y belleza que encierran los números y las relaciones entre ellos; diríamos que el arte no es más que la matemática hecha composición, línea y color. De la misma manera como la música es la matemática hecha ritmo, melodía y armonía.    

Lo primero que aprendí
Lo primero que aprendí fue que cuando uno enseña es cuando uno más aprende, pues antes de plantarse frente a 30 personas y hablar durante dos horas seguidas, es necesario tener bien claro el tema que se va a tratar—uno debe prepararse. Al preparar una clase ocurre el fenómeno del real aprendizaje, en ese momento de estudio en el que uno está solo frente al tema, es cuando lo desmenuzamos a profundidad para entenderlo y así poder transmitir tanto las ideas centrales como las que giran en torno a él. Es ahí cuando uno escudriña las fuentes y contrasta distintas versiones y opiniones sobre el asunto. Es cuando uno hurga hasta los últimos estratos, se aclara a sí mismo y se responde todas las preguntas que podrían surgir. Es ahí cuando un maestro debe saber establecer los cuestionamientos finales que el referido estudio plantea. Un buen maestro—así como un aprendiz—debe culminar su estudio formulando las preguntas más relevantes que el estudio del tema logre suscitar, aunque éstas carezcan aún de respuesta en ese momento. Dichas preguntas constuirán una muestra del real entendimiento logrado y suscitarán inquietud en otros, añadiendo de esta manera un peldaño más a la escalera del saber que otros se encargarán de escalar más adelante.

La educación
La educación ha cambiado mucho desde que me inicié en este campo. Antes tenía que ver más con la difusión de conocimiento; en la actualidad--como la información está disponible al alcance de un click--la transmisión en sí ha pasado a un segundo plano. La actual educación tiene que ver más con el discernimiento de la autenticidad, veracidad, calidad, y aplicación de la  información adquirida. Ahora yo enfatizo más en la enseñanza de estrategias de aprendizaje, en hacer conciente el proceso de aprendizaje, y en compartir con los demás lo que ocurre en nuestra mente cuando aprendemos. La tarea docente ahora consiste más en promover y desarrollar el pensamiento crítico así como en inculcar una aproximación holística hacia todo objeto de estudio. Creo que éstas son las cuestiones centrales en la educación hoy en día. Y de hecho, creo que es más divertido hacer esto en nuestras clases que dar una conferencia magistral como antes se solía hacer.

Otra de las cosas que he aprendido en esta profesión es que el maestro llega cuando el alumno está listo. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que solamente podemos enseñar una disciplina-- cualquiera que ésta sea—si el alumno tiene la voluntad de aprender; de lo contrario, ni el más laureado maestro puede lograr que su pupilo aprenda. Si el discípulo carece de ese deseo , no hay maestro que valga. He visto casos en que la voluntad ha hecho milagros. Por ejemplo, en el Taller de Cristina Gálvez— notable escultora y maestra peruana—fui testigo de cómo alumnos con ínfimas habilidades para el trazo artístico, pero con un infinito interés por convertirse en artistas, lograban a prender a dibujar la figura humana; esto gracias a la metodología y conducción de la maestra. En otra época pude ver también cómo estudiantes de música no muy dotados para el canto, pero con ardientes deseos de cantar, eran capaces de cantar bien frente al público; esto en las clases de canto de Mark Whitmire en el Northern Virginia Community College.

¿Qué es enseñar?
¿Pero qué es enseñar?, ¿es posible enseñar algo? Quisiera intentar responder estas preguntas recurriendo al concepto de educación. El término educación viene del latín educe, que quiere decir sacar algo que está dentro, sacar hacia afuera algo que está latente. Este concepto ancestral encerrado en esta palabra latina tiene una implicancia enorme: el conocimiento lo tenemos dentro de nosotros y es durante el proceso de aprendizaje, que el conocimiento es extraído y expuesto a la luz. En dicho proceso concurren varios elementos: el aprendiz, el conocimiento u objeto a ser aprendido, la información, las condiciones físico-ambientales y emocionales, y el maestro. Aquí el maestro es tan sólo un elemento más, un facilitador del proceso. Las ideas de conducir, guiar y evocar son también apropiadas para definir nuestro concepto de educación. El maestro conduce al discípulo y evoca aquello que yace oculto o adormecido dentro de él. Esto se aplica en todo tipo de materias, aun el lenguaje; el cual pensamos automáticamente que tiene que ser enseñado desde fuera, introyectado. Respecto a esto, Chomsky dice que el lenguaje no es exclusivamente un aprendizaje cultural, sino que reside de cierta manera en la mente humana; en otras palabras, el ser humano posee una intuición natural para el lenguaje. El lenguaje es una habilidad común e inherente a la especie humana que subyace de manera potencial en todos nosotros y por lo tanto es suceptible de ser extraída de donde reside. Como  el conocimiento habita dentro de nosotros, ante una experiencia cognitiva personal—descubrimiento, intuición, aprendizaje—es que exclamamos asombrados como Arquímedes: ¡Eureka!

Entiendo por situación de aprendizaje aquella en la que concurren las condiciones para que el aprendizaje se dé, aquella en la que el aprendiz está dispuesto y es confrontado con la  información, como el caballo cuando está listo en el partidor. Dada esa situación, lo que hacemos los maestros no es realmente enseñar sino impulsar, alentar y guiar al discípulo a sacar a la luz el conocimiento. Ayudamos a hacer consciente lo yacía en el subconsciente.

Enseñar suena a inyectar conocimiento, eso no es posible. Hay una connotación en el término “enseñar” que quisiera dejar de lado: la idea que el conocimiento es exterior, que se encuentra fuera de uno y que por acción de un maestro o de algún agente externo llega hasta nosotros. Entiendo el enseñar como revelar; en este sentido, los maestros  revelamos o hacemos latente lo que está oculto, esa es nuestra tarea como docentes. Enseñamos a que el aprendiz reconozca el conocimiento que afloró desde dentro de él. La enseñanza radica en hacerle caer en cuenta al educando que él mismo extrajo el conocimiento desde su interior, que era donde se encontraba encerrado. Parafraseando a Kahlil Gibran diríamos: enseñar no consiste en hacer entrar al discípulo a la casa del conocimiento sino en guiarlo hasta el umbral de su propio espíritu.

La gente
Dije que al escoger el puesto de profesor, elegí mantenerme joven de espíritu, pues es entre los estudiantes donde las ideas más frescas, poderosas, irreverentes y contestatarias están siempre en efervescencia, y es entre ellos que, por un efecto de sinergia, surgen y se alimentan las ideas que hacen avanzar hacia adelante a una sociedad. Es ahí donde muchas veces nacen los movimientos sociales y políticos que hacen historia, es entre ellos donde se generan los cambios. Si elegí la educación fue para mantenerme cerca de las fuentes que alimentaron mi pensamiento y espíritu durante mis años de estudiante.

Haberme dedicado a la educación me ha permitido estar en contacto con la gente, interactuar con ella en base a un genuino interés común por conocer la verdad, por llevar hasta sus límites las posibilidades del intelecto—cualquiera que sea el curso que uno esté desarrollando.

Conocí gente maravillosa en las aulas, en los patios y en las salas de asambleas y reuniones. No voy a empezar a mencionar nombres pues la lista sería interminable y siempre dejaría de nombrar involuntariamente a alguien. En los claustros he tenido la suerte de conocer gente interesantísima, desde humildes trabajadores que limpian los baños hasta encumbrados líderes de los sectores público y privado. Conocí a alumnos brillantes, académicos notables, empleados leales, obreros admirables, y unos pocos ejecutivos y empresarios decentes y honestos. Algunos de ellos llegaron a ser entrañables amigos. Todos me enseñaron más de lo que pude yo enseñarles.

A los que más he admirado y apreciado han sido los estudiantes y maestros que en base al conocimiento adquirido y al ejercicio ilimitado del pensamiento libre, se han sentido llamados a dar su aporte a la sociedad y al género  humano. Aquellos que al hervir de inquietud, interés y curiosidad por aprehender el mundo que los rodea han aplicado—a su manera—su conocimiento para hacer un poco mejor el mundo en que vivimos.

Una rama de la sicología
En el 88 me mudé a Washington, y tenía que hacer algún trabajo, claro. Yo era en esos días un inmigrante que recién se estaba adaptando a los múltiples cambios que se experimentan al exiliarse voluntariamente en otra sociedad y cultura. En mi búsqueda de trabajo, entre otros, postulé a un puesto como traductor, pero me respondieron que no tenían uno disponible, pero lo que sí me podían ofrecer era uno como profesor de español. Yo había enseñado una gran variedad de cursos en el Perú, pero nada relacionado con el lenguaje en sí, entonces tuve que consultarlo con mi esposa, mi madre y la almohada. Luego de largo cavilar y de escuchar los consejos de mis seres queridos, acepté. Inicialmente pensé que iba a ser algo transitorio, pero finalmente ese fue el inicio de la continuación de mi carrera de educador, sólo que esta vez me tocaría enseña a gente de otras cultura, idioma y latitud.

Cambiar de país de residencia y de cultura es un vivencia brutal. Para compensar esa desgarrante experiencia solía pensar que solamente había cambiado de barrio y de curso a dictar. De las ciencias exactas, la administración, y las artes, pasé a enseñar nuestro idioma. Nunca pensé terminar enseñando nuestra lengua materna como segundo idioma.  Pero con  el transcurrir del tiempo, he llegado a encontrar una fuente de enorme satisfacción en el hecho de enseñar nuestro lenguaje y nuestra cultura a gente de otras procedencias; me siento una especie de embajador de nuestra cultura.

El lenguaje es una de las habilidades más intrínsecas que poseemos y a la vez una de las primeras que adquirimos y desarrollamos en la vida–forma parte de nuestras fibras más internas. Al enseñar un idioma al mismo tiempo enseñamos nuestra cultura, nuestra idiosincrasia, ¿no es acaso el lenguaje expresión de una cultura y de su forma de entender y moverse en el mundo?

Desde entonces hasta la actualidad me he desempeñado como profesor de lenguaje y cultura, y ha sido en este campo en el que llegué a la conclusión que la pedagogía es una rama más de la sicología. Menciono esto porque, para pasar 5 horas diarias con una persona o grupo de personas durante varios meses, es necesario--además de un plan pedagógico--una actitud que permita el establecimiento de un ambiente físico y un clima emocional en el que tanto los educandos como el educador puedan expresar sus pensamientos y sentimientos de una manera asertiva, madura, sana, y libre. En otras palabras es imprescindible un espacio emocional en el que el educando pueda ser él mismo, y la creación de este entorno propicio es una de las tareas básicas del profesor. Este clima emocional es una condición esencial para que  el aprendizaje pueda ser alcanzado.

Otra premisa fundamental es que el maestro debe tener sumamente clara su misión. En estos años de actividad docente he llegado a la conclusión que mi misión en un aula es servir como un recurso más en el proceso de aprendizaje, ser un motivador externo adicional para que el estudiante continúe su propio camino en el develamiento del conocimiento. Mi misión también consiste en actuar como un catalizador que permita que la química del aprendizaje ocurra. Soy el encargado de mostrarle al aprendiz las distintas estrategias de las que puede valerse para encontrar lo que busca y de señalarle los vericuetos que recorre la mente cada vez que aprendemos algo. Es para mí primordial  hacerle tomar conciencia de lo que ocurre dentro de nosotros cuando entendemos o aprendemos algo a cabalidad. Es importante que el maestro le ayude al aprendiz a reconocerse como exitoso a fin de que éste sea capaz de extrapolar el proceso y aplicarlo a situaciones futuras. En este sentido, el maestro es un motivador que aplaude los logros alcanzados por sus discípulos y les señala las áreas en las que necesitan trabajar más a fin de lograr los resultados esperados. El maestro es el guía que alienta en su camino al que busca con determinación.

Balance
Cuando seguí el camino de las aulas y me puse detrás del pupitre del profesor no tenía clara la implicancia de la decisión que tomaba, solamente tenía una intuición de que ese podría ser mi camino, pero con el paso de los años me he dado cuenta que involucrarme en la educación ha sido parte del proceso de hallarme a mí mismo y descubrir una de mis misiones en la vida.

Puedo decir ahora, haciendo un balance, que todo este tiempo ha sido altamente fructífero y gratificante, y me ha mostrado quién soy yo en realidad. La docencia ha sido para mí una forma de aprender y de estar vinculado al conocimiento, una forma de satisfacer mi curiosidad por entender el mundo y experimentar la vida. Ha sido una forma de estar atento y despierto a cuanto ocurre a mi alrededor y dentro de mí. He usado distintos medios en el trayecto, a veces me he valido de las ciencias exactas, otras de las ciencias sociales, y cuando no, del arte, la cultura y el lenguaje. Estar inmerso en la educación ha sido una forma de mantenerme en contacto con la juventud y pensar y sentir como ella, ha sido una forma de relacionarme con gente ávida de aprender y perfeccionar ciertas habilidades, y de estar cerca de gente motivada por entender el acontecer social y existencial. Ha sido también una manera de mantenerme cerca de los libros, investigar y escribir. Enseñar, para mí, ha sido una aventura de crecimiento personal, una aventura intelectual, una forma y un estilo de vida. Gracias Chicho.

                                        Diciembre de 2006
Mi primera Mac
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Published: Nov.23.2006 @ 11:20 am | Last edited: Aug.21.2007 @ 2:47 pm

Mi primera Mac

Por Fernando Osorio Zumarán


¿Cómo fue que un rebelde y enemigo de las máquinas—que supuestamente deshumanizaban— pudo convertirse en un usuario fiel y amante de la tecnología que define nuestra época?, ¿cómo me inicié en el mundo de la computación?, ¿cuál es el papel de la tecnología en el desarrollo de la humanidad y cuáles los peligros que nuestra sociedad enfrenta por el abuso de la computación? Las respuestas a éstas preguntas así como algunas reflexiones en torno a estos temas encontrará el amable lector en este artículo.

El señuelo de Paul
Corría el año 88, en esa época, yo dibujaba, pintaba y escribía poesía con mucha constancia. Era además un enemigo declarado de la maquinización del hombre. Pensaba, y sentía, que desde las contestadoras de teléfono hasta los automóviles, las máquinas nos hacían más perezosos y burgueses. Se puede deducir, como consecuencia de lo dicho, que mi relación con las computadoras era nula.

Un buen día, entrado el otoño, mi amigo Paul Cough me hizo una proposición: “Te puedo prestar una computadora para que tus hijos jueguen y aprendan computación; en las escuelas los niños las usan desde pequeños”. Mis hijos tenían en esa época 10 y 8 años. Pensando en ellos acepté, mientras me decía a mí mismo: Es algo bueno para ellos, les va a ser útil. Al día siguiente había una Macintosh en el área que usábamos como estudio en nuestro departamento en Vienna, en la periferia de la ciudad de Washington.

La instalamos, e inmediatamente Melisa y Pablo empezaron a maniobrar con ella como si toda su vida la hubieran usado. Hacían y deshacían a su antojo. Yo pasaba por ahí, y haciéndome el desentendido, los miraba de reojo, desconfiado por el posible y ulterior daño que tal aparato podría causar en el desarrollo de mis hijos. Entre las primeras cosas que los vi hacer, aparte de jugar Brick y Snake, fue dibujar y pintar. Eso fue una revelación para mí: con el maléfico artefacto se podía dibujar, pintar, e imprimir el resultado. Dios mío, me sentí quebrado, todas mis defensas estaban vencidas, yo que despotricaba contra la mecanización del ser humano, contra la deshumanización creciente a que nos arrastraban las máquinas, estaba cayendo en las redes de la seducción de esta intrusa que había llegado a casa.

No pude más de la curiosidad y les pedí que me mostraran cómo operaba. Así lo hicieron, entonces me di cuenta que además de lo que podía obtener con ella—y contrariamente a la idea preconcebida de que operarla debía ser algo muy complicado o reservado para mentes privilegiadas y especialistas—su operación era asombrosamente simple. Deslumbrado, e imaginando los múltiples usos que le podría dar, me senté frente al diabólico aparato, y a los pocos minutos, yo ya era presa de sus sortilegios y hechizos; cual boa que engulle a su presa, la Mac me había devorado totalmente. Debido a la versatilidad y sencillez en el manejo de programas gráficos como MacPaint y MacDraw, en pocos minutos yo ya estaba produciendo mis primeros dibujos y pinturas. Fue un enamoramiento repentino e intenso, como el que siente una pareja destinada a hacer realidad su pasión mutua.

El hombre de las cavernas
A usted que lee estas líneas, podrá parecerle algo nimio el enterarse cómo un individuo hace sus pininos en el mundo de la computación, mas para mí fue algo muy importante, porque significó una ruptura con patrones ideológicos y de conducta en los que había creído y practicado durante años, fue un cambio en mi vida.

Para que se forme el lector una idea más clara de lo que significó para mí adherirme al símbolo más definitorio de nuestra cultura post-industrial y contradecir lo que anteriormente había preconizado, le daré algunos ejemplos de mis costumbres previas a la era digital. Durante mis primeros años de vida independiente y estando ya casado—allá por la segunda mitad de los años 70—me negué a tener muebles de sala y comedor convencionales, solamente había cojines y alfombras sobre el piso y unos cuantos cuadros decoraban mi casa. Durante una buena temporada mi mujer y yo vivimos casi sin electricidad, nos alumbrábamos con velas. A pesar de contar con un trabajo y sueldo decorosos en una prestigiosa universidad limeña, me abstuve de comprar y conducir un automóvil por varios años; me movilizaba únicamente en transporte público. Mi negativa a la televisión fue rotunda y prolongada, hasta que finalmente cedí ante la presión familiar; pero opté por un modelo carente de control remoto, para combatir así el marasmo de ni siquiera tener que levantarse del sillón para cambiar de canal. Estos y otros ejemplos, que no voy a continuar enumerando para no extender demasiado este discurso, pueden darle una idea de mi rechazo a adoptar diversas tecnologías de nuestra época y entender la magnitud de mi transformación.

Detrás de bambalinas
Sabía que las computadoras eran necesarias, pero las veía aún lejanas en mi vida, las evitaba al máximo, y mantenía la esperanza de que su adopción generalizada en el mundo del trabajo y en la vida diaria de la gente se pospusiera. Recuerdo que, a mediados de los 80, desarrollé un complejo plan de almacenamiento de arroz a nivel nacional en el Perú, el cual implicaba manejar muchas variables, crear modelos matemáticos, hacer predicciones, formular políticas relacionadas al tema, y proponer soluciones concretas al problema. Parte del proyecto consistía en desarrollar  los modelos y en base a estos hacer infinidad de cálculos para llegar a buen puerto, y para ello era imprescindible el uso de una computadora. En esa época, éstas estaban confinadas a una sección en cada empresa, y eran los especialistas quienes las operaban y tenían control absoluto sobre ellas. El aspecto computacional del proyecto lo desarrolló mi amigo Álvaro Díaz, extraordinario profesional y mejor amigo. Yo hacía el resto del trabajo y sabía que la terrible máquina estaba ahí detrás de bambalinas, percibía su presencia de una manera indirecta, me sentía aliviado.

Mi primera Mac
Volviendo a la historia que nos ocupa, la computadora que Paul introdujo en mi vida, aunque solamente la tuve prestada por una temporada, la he bautizado como mi primera Mac. Tenía, como las de ese entonces, 4 MB de memoria RAM, y un disco duro de 40 MB. Configuración que en nuestros días nos puede parecer ridícula e insuficiente, y si el artefacto lo comparáramos con uno actual, diríamos que se trataba simplemente de un artilugio; sin embargo, para los estándares y necesidades del momento era suficiente.



Mi primera Mac


Además de los programas mencionados líneas arriba, aprendí el uso del sistema operativo y de MacWrite, un procesador de textos que venía instalado en todas las computadoras producidas por Apple. Mi aprendizaje fue autodidacta, me valí de la experimentación y de la lectura ávida de los manuales. El hallazgo de los procesadores de textos fue otra revelación importante para mí. Todo aquel que produce documentos escritos me puede dar la razón y saludar el advenimiento de este tipo de aplicaciones—las cuales realmente establecen una diferencia notable entre lo que se puede lograr con una computadora y con una máquina de escribir en materia de textos. Para quien escribe poesía en particular, un procesador de textos es doblemente efectivo. Descubrí que con el procesador de textos podía permutar la posición de los versos, sustituir palabras o líneas enteras, cambiarlas de posición, almacenar texto en un área para posteriormente usarlo en otros versos, encontrar palabras repetidas, corregir ortografía, seleccionar y modificar el tipo y tamaño de letra, diseñar la apariencia de la página, todo esto y mucho más con una pasmosa facilidad, limpieza, y rapidez. Ésta es la herramienta que me permitirá producir más poemas y finalmente publicar mi libro, pensé. Y así lo hice; con mi primera Mac, y MacWrite, produje y publiqué mi primer libro de poemas, La danza efímera en 1989. Esta tarea hubiera sido mucho más complicada, costosa, y habría requerido la participación de varias personas algunos pocos años atrás.

¿Trabajamos menos?
Desde entonces, el uso de una computadora, tanto en mi vida personal como profesional se ha vuelto cosa de todos los días, y esto pasa con muchos de nosotros. Por otro lado, a nivel de la sociedad, la tecnología digital se ha hecho más y más asequible a todo tipo de presupuesto, por lo menos en los países desarrollados, y son cada vez más los que cuentan con este aparato tanto en casa como en el trabajo. Su uso se ha difundido y generalizado en todo el mundo y esa tendencia continua creciendo. Estamos tan habituados a ella, que a veces con un tono de pretendida superioridad nos preguntamos: “¿Cómo se trabajaba antes sin computadoras?” Creo que hay un uso pero también un abuso de ellas. Es cierto que la productividad se ha incrementado como consecuencia de su uso, pero tengo la sensación—sino la certeza—de que en la actualidad trabajamos más de lo necesario y hemos caído en otro tipo de alienación y dependencia. En cierta forma se han hecho realidad algunos de mis temores del pasado. ¿Qué es lo que ha sucedido? A fin de aclararnos esto último, permítanme hacer una breve digresión previa.

Recuerdo que en los 60 y 70, antes de la generalización del uso de la computadora personal, se solía hablar de la era de la automatización que estaba por venir. Se decía que con la difusión de las computadoras, el ser humano necesitaría trabajar menos, y por consiguiente tendría más tiempo libre para el ocio creativo, para entregárselo a la comunidad en forma de servicios, o para dedicarse a las altas tareas del espíritu. Ahora que han pasado cerca de 4 décadas desde que se empezaron a preconizar aquellos anhelos sobre lo que la era digital nos traería en el futuro cercano, es momento de hacer un balance y preguntarnos: ¿trabaja el hombre ahora menos que antes?, ¿tiene más tiempo libre para dedicarlo a la familia, a la comunidad, o para desarrollar otros quehaceres de crecimiento personal?, ¿es el hombre más libre? La respuesta es un rotundo no. Por el contrario, trabajamos más. En nombre de un aumento de productividad, de una supuesta modernidad y de un “mantenerse ocupado”, la enajenación, la mezquindad y la avaricia humanas han hecho que la realidad sea diferente. Ahora trabajamos más horas, tenemos menos tiempo libre para el ocio creativo, le dedicamos menos tiempo a nuestras familias y escasamente nos quedan energías y tiempo para brindar algún servicio a la comunidad;  estamos más ocupados, es cierto, pero en realidad más alienados. ¿Qué ha ocurrido, no se suponía que la automatización serviría para liberarnos, aunque sea parcialmente, de la servidumbre del trabajo y para que podamos entregarnos a las nobles ocupaciones del espíritu a las que estamos llamados?

Las respuestas que aquí esbozo pasan por la esfera de lo personal, no pretendo dar una solución que venga desde fuera y se aplique a la sociedad en su conjunto, apuesto simplemente por un tipo de respuesta individual; una respuesta que linde con el desarrollo de una conciencia crítica. Pienso que la culpa de este tipo de alienación no es de la tecnología, sino del entorno social económico y político en el cual estamos inmersos y que nos obnubila y hace perder la perspectiva. Este entorno ejerce múltiples y sutiles formas de influencia sobre nosotros y hace que trastoquemos lo que realmente es importante por lo accesorio. Sin embargo, y a final de cuentas, la responsabilidad es nuestra; el problema no es la tecnología en sí misma—sea ésta un televisor o un ábaco—sino cómo respondemos nosotros individualmente ante ella. Parte de la solución radica en discernir qué valores son los que van a prevalecer en nosotros, cuánto tiempo y energía vamos a dedicarle a lo que consideramos trascendente en nuestras vidas, o si vamos entregárselos  a un entorno social que demanda de nosotros mayores dosis de productividad y consumo. En otras palabras, podemos trabajar lo justo y necesario haciendo uso de esta notable herramienta, pero sin dejar que sea ella  la que determine nuestra asignación de tiempo. Seamos nosotros los que decidamos cómo emplearlo. Muchas veces creemos que estar atareados, tener la agenda repleta e ir rápido de un lado a otro, es mejor que tener tiempo libre y regresar pausados hacia nuestro hogar. Discernamos cuáles son los valores que rigen nuestra vida. Usemos la tecnología en nuestro beneficio, no en dis-traernos de lo importante, no en sobrecargarnos de trabajo para evitar o posponer enfrentar lo trascendente en nuestras vidas.

La MacWidow y otros peligros
Traía a colación estas reflexiones porque hay peligros en cuanto al abuso que hacemos de la nueva tecnología, no solamente en el trabajo sino también en la esfera de lo personal. Recuerdo cierto aviso publicitario de Apple, de  hace mucho tiempo atrás, muy graciosamente ilustrado, que podría ser leído desde diferentes ángulos. En él se veía una pareja en su dormitorio, la mujer durmiendo y el marido en pijama sentado frente a su juguete favorito, trabajando en la penumbra de la noche, iluminado solamente por la tenue luz blanca del ordenador. En el titular del anuncio se leía algo así como esto: “La Mac es tan buena, que ahora María es otra MacWidow”.

Este ejemplo nos dice del enorme poder de seducción que la computadora ejerce, pero al mismo tiempo nos indica que las relaciones humanas pueden pasar a un segundo plano con suma facilidad. El abuso de la computación, la tendencia al aislamiento y la proliferación alarmante de distintas adicciones—todo esto en desmedro de las relaciones interpersonales—son unos de los graves problemas que nuestra sociedad enfrenta hoy en día. No ahondaremos nuestra plática en esta situación para evitar irme por las ramas más de lo que ya me he dejado ir. Yo soy de los que sigue creyendo que la computadora es, a final de cuentas, una  herramienta más que nos sirve para simplificar nuestras vidas, nos ayuda a lograr nuestros objetivos, a trabajar y alcanzar resultados de una manera más independiente y eficiente. Es muy atractiva, pero debemos darle su lugar y tener presente que lo central es la vida misma, las relaciones humanas, y lo trascendente. Por más que los colores en su pantalla nos atraigan, no debemos perder de vista qué es lo prioritario.

Lugar de la tecnología
Con la finalidad de mantener la cordura en el discernimiento de qué es lo importante y no sobredimensionar el papel de los ordenadores como el mayor logro alcanzado por la humanidad, es necesario tener presente que la tecnología no es una cosa nueva y que cierto tipo de ella no es necesariamente más importante que o superior a otro. Todos los logros tecnológicos están relacionados en una cadena consistente que forma parte de la historia de la humanidad.  En años recientes, cuando se menciona la palabra tecnología se piensa en computadoras, teléfonos celulares, transmisores de señales satelitales, pero hagamos un esfuerzo y reconozcamos que tecnología es también un pedazo de piedra afilada para cortar, el uso de materiales y procedimientos para producir fuego, la flecha para cazar, un lápiz y una hoja de papel, el jabón, amén de otros utensilios. ¿Es la computadora acaso más importante que la aplicación generalizada del agua potable corriente y los desagües?—estas últimas han significado una mejoría drástica en la forma de vida de la humanidad y de la salud pública. El tipo de tecnología que hoy nos ocupa es sólo un eslabón más en la historia del hombre por adaptarse mejor a su medio y hacer sus tareas más fáciles a fin de convertirse en un ser más libre y feliz.



Técnica del frotamiento para producir fuego


Es cierto que como especie estamos indisolublemente ligados al uso de utensilios desde el comienzo de los tiempos. Éste uso puede ser entendido entonces como el resultado del esfuerzo humano por lograr medios que lo liberen—en cierta medida—de tareas ingratas para que pueda dedicar su energía a las elevadas tareas del espíritu y proseguir así por el camino de su evolución ontológica. La búsqueda de estas herramientas ha sido una respuesta humana para aliviarnos de aquel designio divino de “comerás el pan con el sudor de tu frente”; para hacernos más llevadera la carga. Estamos profundamente ligados a los artefactos: la rueda, el espejo, el motor de combustión, el martillo y el clavo; todos ellos constituyen tecnología. El espíritu las reclama.

Bajo el pretexto de la modernidad tecnológica, ahora el hombre se ha vuelto más adicto al trabajo, a la pornografía por Internet, y obsesivamente dependiente de los mensajes electrónicos, pero—a mi entender—el problema no radica necesariamente en el medio, sino en cómo respondemos ante él, en cómo y para qué lo usamos. El problema no proviene exclusivamente de la herramienta y el emisor, sino en la forma cómo nosotros como individuos libres y usuarios responsables recibimos y procesamos los contenidos. Los dispositivos técnicos, cualquiera que sea su tipo, deben estar al servicio del hombre y no éste al servicio de ellos. La tecnología es un medio que puede servir para liberarnos de la tareas pesadas del trabajo, mas no para esclavizarnos o hacernos presas de adicciones.

Lo que hago ahora
Volvamos ahora al plano de lo concreto y lo personal, y permítanme contarles qué es lo que hago actualmente con mi juguete digital. Como pueden verlo, sigo escribiendo. Además de esto, me valgo del Internet para enterarme cómo va el mundo y para hacer un poco de investigación—especialmente cuando escribo o tengo que preparar algún documento importante. Uso el correo para electrónico para comunicarme con mi familia y amigos, muchos de los cuales están dispersos en distintas latitudes.



Pro Tools, ventana de edición


Por otro lado, con mi nueva Mac, ya no la primera, hago música. Ella se ha convertido en una herramienta clave para la grabación, edición y mezcla de mi segundo disco compacto—proyecto en el cual estoy inmerso desde hace varios meses. A propósito, mi primer disco fue producido enteramente usando una Mac y el programa Pro Tools. Producir un disco autónomamente es un logro que difícilmente podría haber alcanzado sin el uso de la tecnología digital, y para mí ha representado la concreción de un sueño largamente acariciado; por eso no puedo dejar de celebrar el ingenio y la inteligencia humanos que han desarrollado las herramientas necesarias para podamos alcanzar nuestros objetivos de una manera más independiente y simple.

Recuento
Haciendo un recuento de la historia de este idilio entre la computación y yo, tendré que concluir que aceptar la oferta de Paul y recibir una Mac en mi caverna de la era pre-digital fue un acierto. No solamente les sirvió a mis hijos, para quienes inicialmente estaba destinada, sino a este descendiente del hombre de Cro-Magnon. El uso de este versátil instrumento me ha permitido mantenerme en la cresta de la ola de nuestro tiempo, adquirir independencia para llevar a cabo diversos proyectos personales, expandir mis habilidades creativas para expresar mejor mi ser, y comunicarme con mis semejantes de una manera más eficiente. Gracias a Paul puedo decir que, si me fuera dado a elegir un par de instrumentos para seguir viviendo en este mundo, sin duda alguna elegiría una guitarra y una Mac;  o emulando a Arquímedes enunciaría: Dadme una computadora y moveré el universo.

Lejos del mundanal ruido
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Published: Oct.28.2006 @ 7:45 pm | Last edited: Aug.21.2007 @ 2:47 pm

Lejos del mundanal ruido

Por Fernando Osorio Zumarán

Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido
                                        —Fray Luís de León (1527-1591)


Cada año me pregunto qué debo hacer durante mis vacaciones, ¿trabajar en mi proyecto musical, al cual usualmente le dedico sólo mi tiempo libre? ¿pasarlas en la ciudad o salir fuera de Washington y respirar aires nuevos?, ¿ir a vagar por los centros de atracción turísticos y confundirme entre las masas de turistas que en pantalón corto, zapatillas y gorros de béisbol toman fotografías y beben agua embotellada? También me dije, ¿por qué no hago como el común de los mortales y en vez de andar buscándole sentido a todo, me inscribo en una excursión convencional con hotel estrellado, desayuno continental, y paseo en ómnibus de un lado a otro con bajadas intermitentes para comer un perro caliente o comprar una tarjeta postal? Me hacía todas estas preguntas una y otra vez hasta que la respuesta llegó, en realidad no se hizo esperar mucho. La solución fue doble, haría dos cosas, primero, quedarme y pasar parte de mis vacaciones dedicado a grabar, editar y mezclar mis canciones y segundo, salir, irme lejos, y, tal como lo he venido haciendo en los últimos tres años, hacer un retiro espiritual, pero esta vez en un lugar muy especial: el monasterio de los trapenses en Kentucky. Pienso que la decisión fue buena, pues por un lado hice lo que me apasiona, que es la música, y por otro, viajé, me desconecté completamente del medio en que vivo y realizo mi trabajo diario. En esta nota les contaré sobre la segunda parte de mis vacaciones: el retiro.

Sueños
Así como algunos sueñan con ir a Las Vegas a jugar en los casinos, otros ahorran unos cuantos cobres para recorrer los bulevares de París. Los hay también quienes ansían tenderse en las playas del Caribe y otros que fantasean con visitar la India o Tailandia durante sus vacaciones. Yo, por mi lado, anhelaba conocer algún día la Abadía de Getsemaní, el monasterio trapense de Kentucky, no sé exactamente por qué, pero adivino que era debido a la atracción que siempre he sentido por la idea de una vida contemplativa.

Desde hacía mucho tiempo atrás, había escuchado hablar de los trapenses y del rigor con que asumen su vocación religiosa. Rigor que se manifiesta en la vida ascética y de aislamiento que llevan en sus monasterios alrededor del mundo. Por otro lado, saber que se dedicaban a una estricta vida contemplativa, en medio de un mundo que se caracteriza por la acción, velocidad y distracción, había ejercido una fascinación especial en mi imaginación. Yo solía contrastar la vorágine y convulsión con la que se mueve nuestro mundo moderno con la simplicidad y tranquilidad en que suponía transcurrían sus vidas. Me imaginaba monjes sentados en posición de flor de loto meditando todo el santo día, otros caminando por los pasillos rezando el rosario. Imaginación aparte, no sabía que existía la posibilidad hacer un retiro ahí. Conocer ese lugar me parecía un sueño lejano e inalcanzable. Al acercarse mi período vacacional, empecé a investigar en el Internet un lugar dónde ir este año a limpiar mi mente, cuerpo y espíritu. Encontré muchos, es impresionante verificar la cantidad de centros de retiro espiritual que existen en Estados Unidos y, en general, en el mundo. Entre ellos hallé por fin uno que me pareció ideal, era el sitio de los trapenses que, para mi sorpresa y regocijo, ofrecía retiros. Inmediatamente llamé por teléfono e hice una reservación para quedarme una semana.

 

Vista campestre en la Abadía de Getsemaní, Trappist, Kentucky

La llegada
Volé de Washington a Louisville, vía Chicago. Grande tuvo que ser mi interés y determinación para soportar las largas y lentas colas, así como las paranoicas medidas de seguridad en los aeropuertos. Lo que más me molesta es tener que sacarme los zapatos y la correa. Los zapatos porque temo haberme puesto una media con hueco o ambas de distintos colores y que me acusen de enviar señales sospechosas por la disparidad de los colores. La correa, por temor a que se me caiga el pantalón y me lleven preso por atentar contra la moral y las buenas costumbres. Felizmente, al quitarme los zapatos y la correa descubrí que las medias estaban enteras y eran del mismo color y, el pantalón—aleluya— no se me cayó. En el aeropuerto me esperaba el hermano Simeon para llevarme al monasterio. Con él estaba Sue, una señora que venía de Chicago para el retiro. Como era mediodía y debíamos esperar a un tercer pasajero que llegaba a la 1:30, el hermano nos llevó a almorzar al Diner Corral. Después de almuerzo volvimos al aeropuerto para recoger a Ron que llegaba de Minneapolis; pero él—según nos contó después—no era un huésped como nosotros, sino alguien que llegaba impelido por el llamado de Dios para integrarse permanentemente a la vida monástica.

El monasterio
La Abadía de Getsemaní está a unas 50 millas al sureste de Louisville, en medio de colinas verdes llenas de pinos, fresnos y nogales. El pueblo más cercano, New Haven, se encuentra a 5 millas, y el paisaje circundante no difiere mucho del que se puede encontrar en las zonas rurales del este norteamericano. El edificio de color blanco contrasta con el verdor del área circundante y con el azul del cielo despejado. El silencio de la naturaleza circundante parece concordar con el que se practica en el interior del monasterio.

Los trapenses llegaron desde Francia al corazón de Kentucky en 1848. Desde entonces las instalaciones que ocupan han experimentado muchos cambios, ampliaciones y renovaciones. El monasterio lo definen como una escuela del servicio del Señor y un campo de capacitación en el amor.

Hospitalidad
El recibimiento fue muy cordial, ese día estaba el hermano Rene en el mostrador. Hay un lema de San Benito, que se puede leer en una placa a la entrada de la Casa de Retiro, este refleja una de las reglas del monasterio, según la cual, cada huésped representa a Cristo y, como tal, es bienvenido y cuidado por la comunidad. La hospitalidad puede sentirse. Los trapenses han recibido huéspedes en esta abadía desde el primer día de su fundación, y en la actualidad llega gente de todas los rincones del país y del mundo. Todos son bienvenidos, sin importar su creencia o denominación religiosa.

Un día en la vida del monje
Una vez instalado y después de hacer un reconocimiento del terreno que pisaba, asistí a una conferencia para los huéspedes. En ella el hermano Christian nos dijo: “Los monjes hacemos solamente tres cosas aquí: orar, trabajar, y leer textos espirituales; todo esto con el fin de convertirnos en personas de oración”. Y es cierto, empiezan su día a las 3 y cuarto de la madrugada cantando Vigils. Luego oran o meditan individualmente hasta las 5 y 45, hora en que se reúnen nuevamente, esta vez para cantar Lauds. A las 6 y 15 hay una misa, y a las 7:00 están desayunando para volver a la iglesia a las 7:30 a cantar el Terce. Desde luego, los huéspedes no están obligados a seguir el mismo horario de los monjes, pero están invitados a todos estos eventos. En particular, quien escribe nunca pudo estar en pie a las 3 de la mañana, sin embargo ya estaba listo para desayunar puntualmente a las 7:00.

Luego, desde las 8:00, trabajan hasta el mediodía en diferentes tareas necesarias para el sostenimiento de la comunidad. Por supuesto, ellos tienen que alimentarse, vestirse y mantener el monasterio; por consiguiente, trabajan. En Getsemaní, se ganan el sustento diario produciendo queso, torta confitada, y dulce de leche con chocolate y nueces que comercializan por correo y por el Internet. El trabajo se concibe en el monasterio como un servicio y se le da preferencia a aquel tipo de trabajo que favorece la oración. A las 12 y 15 las campanas vuelven a sonar anunciando el Sext. A las 12 y media se sirve el almuerzo. Luego viene el tiempo de lectura espiritual, lectio divina, que practican individualmente y en absoluto silencio durante el resto del día. Las actividades rituales siguientes para cantar los salmos restantes son a las 2 y 15,  None; a las 5 y 30,Vespers y las 7:30, Compline. La cena se sirve a las 6 de la tarde. A las 7 y 45 es el Rosario y luego se retiran a descansar a sus celdas hasta el día siguiente.

Mi programa
Esa es la vida del monje, pero no necesariamente la del huésped en retiro. Mi programa diario consistía en 2 horas de meditación; otras dos horas las dedicaba a un profundo y arduo, pero al mismo tiempo gentil trabajo de introspección, reflexión, además del establecimiento de propósitos acerca de mi proceso de vida. Estas dos actividades centrales las distribuía por la mañana y tarde matizándolas con otras menos exigentes. Otro de mis quehaceres fue la lectura, a ella le dedicaba una horas o algo más, generalmente por la tarde y entrada la noche. Para evitar el sedentarismo caminaba por lo menos durante una hora y ocasionalmente tomaba fotografías. También escuchaba temas de espiritualidad en discos compactos durante otra hora, generalmente al aire libre en alguno de los jardines o espacios abiertos que abundan en el sitio. Finalmente, empleaba algunos minutos en escribir mis reflexiones en mi diario. ¡Ah!, no debo olvidar decirles que hacía una reparadora siesta unos minutos después del almuerzo.

La contemplación fue una constante en esos días de calma y recogimiento. En toda actividad en la que me involucraba traté de mantener una actitud contemplativa. Otro factor importante fue la flexibilidad en mi horario y planes. Decidía qué hacer según sentía qué era lo más apropiado para mí en ese momento; actuaba desprovisto de tensión. Otro aspecto que cooperó a que estos días de paz fueran una realidad, fue el silencio. El silencio crea el clima espiritual adecuado para que podamos escuchar nuestra voz interior y sentir la presencia de Dios. Para mí, dicho silencio se quebraba solamente durante las tres reuniones a las que asistía para cantar los salmos con los monjes, que generalmente eran: Sext yVespers durante el día y Compline por la noche.

Merton
Mención aparte merece mi descubrimiento de Thomas Merton. Había escuchado hablar de él antes, pero no había leído ninguno de sus libros. En la biblioteca del monasterio, como es de suponer, hay abundante material de su vasta producción. Tuve la ocasión de leer algunos capítulos de The Contemplative Prayer y de Spiritual Direction & Meditiation; dos pequeñas joyas dentro del género de literatura religiosa, no solamente por el contenido sino también por el estilo en que están escritas. No hay duda de que Merton, aunque ya no esté físicamente con nosotros, es un inspirado maestro espiritual de nuestro tiempo.

Qué es la contemplación
Varias veces he usado la palabra contemplación en este artículo, por consiguiente quisiera explicar de manera muy breve, y quizás incompleta, lo que entiendo por este término. El estado de contemplación es aquel en el que el individuo experimenta un grado de  unidad con el mundo exterior y de intensa armonía interna. Es un estado mental, corporal, emocional, y espiritual. En este estado, el cuerpo está relajado pero alerta a lo que ocurre en el exterior; la mente se encuentra en calma, en lo que se conoce como estado alfa. Tanto las emociones como la percepción sensorial y el pensamiento racional se encuentran impregnados de amor y compasión por todos los seres de la naturaleza, incluido uno mismo. Para los creyentes, en el estado contemplativo, el individuo está unido a Dios; para los cristianos, el sujeto está en armonía con el Espíritu Santo; para los místicos, la experiencia contemplativa es una forma de unidad con el Cósmico; y podríamos decir que para los budistas, es el estar presente, mindfulness.

La vida contemplativa es aquella consagrada completamente a Dios y a experimentar su presencia en cada instante, ya sea en el trabajo, en la oración o en el tiempo dedicado a la lectura espiritual. En otras palabras, la contemplación es la experiencia interior de la presencia de Dios a través de la observación del mundo exterior. En ella, nos identificamos y fusionamos con los objetos observados; en ella se realiza la unión del observador y lo observado, del sujeto y del objeto. Su esencia está constituida por el amor y la compasión.

Palabras finales
En esos días que pasé en la Abadía de Getsemaní pude vivir excelsos y prolongados momentos de recogimiento, reflexión, paz interior, y afianzamiento de mi esencia espiritual. En el silencio del monasterio pude vibrar a unísono con el resto de la naturaleza y del cosmos, comprendiendo por una vez más que nuestra realización última y primera pasa por la disolución de eso que llamamos el “yo”, y por la fusión con esa realidad mayor que involucra a todos los seres que habitan el universo.  Entonces, creo que esta vez estuve acertado en elegir nuevamente pasar mis vacaciones haciendo un retiro, en irme lejos del mundanal ruido pero cerca de mi centro, y en buscar permanecer en contacto con la esencia y razón de ser de todas las cosas. Mi estadía en el monasterio trapense ha sido baño de luz y un sauna espiritual, un lavado del alma y un masaje mental; un reencuentro con Dios.

La magia de Rosseau
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Published: Sep.06.2006 @ 8:14 pm | Last edited: Aug.21.2007 @ 2:48 pm

La magia de Russeau

Por Fernando Osorio Zumarán

Cuando mis hijos eran chicos, allá en la Lima de los ochenta, yo andaba muy involucrado en el arte; pintaba, dibujaba, hacía escultura, y algunos experimentos en el campo de la integración de las artes. Fue en esa época que --además de la admiración que la obra de Henri Russeau suscitaba en mí, y cuyas razones mencionaré luego—me valía de sus pinturas para contarles cuentos a mis hijos. Inventaba historias a partir de las imágenes de cuadros tales como: “La encantadora de serpientes”, “Gitana durmiendo”, o “La cacería del tigre” entre otros, y los niños parecían disfrutar mucho. Para esto usaba las reproducciones que circulaban en aquellos años en forma de fascículos de la colección Maestros de la Pintura, publicada por la editorial Noguer de Barcelona; colección que posteriormente empasté y le di forma de libro, llegando a compilar 4 volúmenes.

La fascinación que Russeau evocaba en mí, se debía a la combinación de ingenuidad, simpleza, poesía visual y enigma que reside en su obra. Características que posiblemente realzaban las historias que solía improvisar para mis pequeños, y que ellos, a través de sus sentidos e imaginación infantiles, captaban y gozaban con la magia interna propia de su edad.


Gitana durmiendo, 1897
Oleo sobre lienzo
(129.5 x 200.7 cm)
 Museo de Arte Moderno, New York

El vínculo que me une con Russeau, se consolidó en 1980, después de haber dejado la Escuela de Arte de la Universidad Católica. En ese entonces, al carecer yo de maestros de carne y hueso, tuve que recurrir a los incorpóreos. Así, para continuar con mi aprendizaje, empecé a copiar a artistas que gozaban de mi admiración, entre ellos “El Aduanero”. Copié un par de sus cuadros y posteriormente usé otra de sus imágenes, “Los jugadores de pelota”, como idea para componer uno de mis cuadros: “Balial”.

Recientemente, grande ha sido mi alegría al tener a la mano la oportunidad de contemplar los originales de las obras, que años atrás me contentaba con ver en ilustraciones. Esto ha podido ser realidad gracias a la exposición “Las selvas de Russeau” que la National Gallery of Art de Washington DC está presentando hasta el 15 de octubre. Esto de ver un original después de estar habituado a las reproducciones, es un evento largamente acariciado por cualquier amante de la plástica. El momento culminante es como el que experimenta aquel enamorado al ver por primera vez a su prometida, a quien solamente conocía por fotografía.

Uno de los aspectos más saltantes que he podido observar en ésta y en otras muestras en los últimos años en la Galería, es, además de la pulcra disposición física de los cuadros, la presentación del contexto socio, político, cultural e histórico que rodeaba tanto al artista como su obra. Este aspecto es fundamental, no solamente para entender los condicionamientos que indujeron al artista a producir su trabajo, sino también porque al recrear dichas condiciones externas, el espectador se sitúa virtualmente en el ambiente en el cual el creador y su obra tuvieron lugar. Esto se logra con creces en esta exposición. En ella se puede apreciar una amplia selección de material documental que incluye revistas y tabloides ilustrados, fotografías y souvenirs del zoológico y jardín botánico de París, esculturas monumentales en bronce de hombres y bestias en lucha, fotografías de las exposiciones coloniales y Ferias Mundiales que tuvieron lugar en París en las últimas décadas del siglo XIX, y taxidermia de la colección de Museo Nacional de Historia Natural de París. Todo este material y escenografía determinaron e influyeron de manera directa en la concepción y método de trabajo del artista. La galería además proyecta de manera continua un filme documental en el que se muestran aspectos de la vida de Russeau; los ambientes parisienses, parques, jardines, ferias; y en fin, todo aquello que en sus días contribuyó a inflamar la imaginación del artista para que produjera su obra.

Algunos aspectos en la vida del maestro (1844-1910) que, arbitrariamente, quisiera resaltar son los siguientes: Vivió en París casi toda su vida y nunca salió de Francia, trabajó como oficinista de aduanas en las cercanías de la ciudad; se jubiló a la edad de 49 años para dedicarse exclusivamente a la pintura. Fue un autodidacta con muchas ambiciones, aspiraba ser miembro de la conservadora Academia Francesa, pero su manejo primario del dibujo y perspectiva provocó críticas adversas de los entendidos de la época. A pesar de su poca educación y refinamiento, Russeau fue un profundo conocedor de la cultura popular de su tiempo, y supo integrar las ilustraciones de revistas, historietas, postales y fotografías de una manera dramática y lírica dentro de su pintura. En las postrimerías de su vida, recibió el espaldarazo de la generación joven de vanguardia, entre los que se contaban Pablo Picasso y el poeta Guillaume Apollinaire. Este grupo de jóvenes artistas vio posibilidades nuevas para la liberación definitiva del arte de los cánones tradicionales. Esta pre-visión se cumplió en 1911, al año de la muerte del artista, cuando el Salón de los Independientes celebró los logros de Russeau con una exposición de más de 40 de sus pinturas.

Y ahora en Washington tenemos la ocasión de asistir a la mayor retrospectiva del artista organizada en los Estados Unido en los últimos 20 años. Dicho todo esto, no he visto a muchos hispanos circulando por ahí; sustituya un domingo de fútbol y cerveza por uno de arte, y lleve a la familia por supuesto. No se arrepentirá; vaya a ver la muestra.

En la actualidad, ya no les cuento más historias a mis hijos basadas en los cuadros de Russeau, pero las sigo imaginando en mi mente cada vez que me veo expuesto al misterio de su obra.

Setiembre 5, 2006

 

Inmigración y terrorismo: harinas de diferente costal
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Published: Aug.26.2006 @ 4:02 pm | Last edited: Aug.21.2007 @ 2:48 pm

Inmigración y terrorismo: harinas de diferente costal

Por Fernando Osorio Zumarán

De un tiempo a esta parte, específicamente a partir del 11 de setiembre, parece que todo vale, que el fin justifica los medios. A partir de los lamentables sucesos acaecidos esa fecha, se ha venido poniendo en el mismo saco dos cuestiones de muy distinta naturaleza: inmigración y terrorismo. Desde esa fecha en adelante, la administración republicana y los medios de comunicación han emprendido la tarea de vincular estas dos palabras y, por ende, los dos conceptos. Y lo han hecho con una persistencia y constancia tal, que han contribuido a crear en la opinión pública un sentimiento anti-inmigrante en la sociedad americana y una aceptación casi tácita de una supuesta íntima relación entre estos dos conceptos—o en todo caso que existe un vínculo natural entre ambos. Migración y terrorismo son dos conceptos que poco o nada tienen que ver entre sí por su naturaleza intrínseca. No se trata de categorías conectas por definición, sino únicamente por cuestiones circunstanciales y hechos anecdóticos.

Veamos, la migración es el movimiento o traslado de personas desde su lugar de origen a otro con la finalidad de establecerse y mejorar sus condiciones de vida y la de los suyos. Es pues una actividad humana que se ha dado desde que el hombre puebla la tierra, y tiene el propósito de construir y desarrollar una vida nueva. La migración es una actividad pacífica basada en el optimismo y en la esperanza por un futuro mejor.

En cambio el terrorismo es una forma de hacer política por medios violentos. Está cimentada en la desesperanza y la desesperación, en una visión pesimista de la realidad. Su objetivo es la destrucción física y moral de lo existente con la finalidad de llevar a cabo su agenda. El terrorismo es la guerra de los que no están el poder, es la violencia de los que no cuentan con las leyes para hacer de la violencia algo legal. Los objetivos del terrorismo son políticos.

Los comandos terroristas que ejecutaron los deplorables actos del 11 de setiembre, no eran inmigrantes, eran terroristas. Ellos no vinieron al país a trabajar o a construir un futuro para sus familias, ellos vinieron a  conspirar y a destruir. Si bien es cierto que entraron al país a través de los puestos aduaneros y pasaron los contro