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| Posted: Oct.28.2006 @ 7:45 pm | Lasted edited: Aug.21.2007 @ 2:47 pm |
Lejos del mundanal ruido Por Fernando Osorio Zumarán
Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido —Fray Luís de León (1527-1591)
Cada año me pregunto qué debo hacer durante mis vacaciones, ¿trabajar en mi proyecto musical, al cual usualmente le dedico sólo mi tiempo libre? ¿pasarlas en la ciudad o salir fuera de Washington y respirar aires nuevos?, ¿ir a vagar por los centros de atracción turísticos y confundirme entre las masas de turistas que en pantalón corto, zapatillas y gorros de béisbol toman fotografías y beben agua embotellada? También me dije, ¿por qué no hago como el común de los mortales y en vez de andar buscándole sentido a todo, me inscribo en una excursión convencional con hotel estrellado, desayuno continental, y paseo en ómnibus de un lado a otro con bajadas intermitentes para comer un perro caliente o comprar una tarjeta postal? Me hacía todas estas preguntas una y otra vez hasta que la respuesta llegó, en realidad no se hizo esperar mucho. La solución fue doble, haría dos cosas, primero, quedarme y pasar parte de mis vacaciones dedicado a grabar, editar y mezclar mis canciones y segundo, salir, irme lejos, y, tal como lo he venido haciendo en los últimos tres años, hacer un retiro espiritual, pero esta vez en un lugar muy especial: el monasterio de los trapenses en Kentucky. Pienso que la decisión fue buena, pues por un lado hice lo que me apasiona, que es la música, y por otro, viajé, me desconecté completamente del medio en que vivo y realizo mi trabajo diario. En esta nota les contaré sobre la segunda parte de mis vacaciones: el retiro.
Sueños
Así como algunos sueñan con ir a Las Vegas a jugar en los casinos,
otros ahorran unos cuantos cobres para recorrer los bulevares de París.
Los hay también quienes ansían tenderse en las playas del Caribe y
otros que fantasean con visitar la India o Tailandia durante sus
vacaciones. Yo, por mi lado, anhelaba conocer algún día la Abadía de
Getsemaní, el monasterio trapense de Kentucky, no sé exactamente por
qué, pero adivino que era debido a la atracción que siempre he sentido
por la idea de una vida contemplativa.
Desde hacía mucho tiempo atrás, había escuchado hablar de los trapenses
y del rigor con que asumen su vocación religiosa. Rigor que se
manifiesta en la vida ascética y de aislamiento que llevan en sus
monasterios alrededor del mundo. Por otro lado, saber que se dedicaban
a una estricta vida contemplativa, en medio de un mundo que se
caracteriza por la acción, velocidad y distracción, había ejercido una
fascinación especial en mi imaginación. Yo solía contrastar la vorágine
y convulsión con la que se mueve nuestro mundo moderno con la
simplicidad y tranquilidad en que suponía transcurrían sus vidas. Me
imaginaba monjes sentados en posición de flor de loto meditando todo el
santo día, otros caminando por los pasillos rezando el rosario.
Imaginación aparte, no sabía que existía la posibilidad hacer un retiro
ahí. Conocer ese lugar me parecía un sueño lejano e inalcanzable. Al
acercarse mi período vacacional, empecé a investigar en el Internet un
lugar dónde ir este año a limpiar mi mente, cuerpo y espíritu. Encontré
muchos, es impresionante verificar la cantidad de centros de retiro
espiritual que existen en Estados Unidos y, en general, en el mundo.
Entre ellos hallé por fin uno que me pareció ideal, era el sitio de los
trapenses que, para mi sorpresa y regocijo, ofrecía retiros.
Inmediatamente llamé por teléfono e hice una reservación para quedarme
una semana.
Vista campestre en la Abadía de Getsemaní, Trappist, Kentucky
La llegada
Volé de Washington a Louisville, vía Chicago. Grande tuvo que ser mi
interés y determinación para soportar las largas y lentas colas, así
como las paranoicas medidas de seguridad en los aeropuertos. Lo que más
me molesta es tener que sacarme los zapatos y la correa. Los zapatos
porque temo haberme puesto una media con hueco o ambas de distintos
colores y que me acusen de enviar señales sospechosas por la disparidad
de los colores. La correa, por temor a que se me caiga el pantalón y me
lleven preso por atentar contra la moral y las buenas costumbres.
Felizmente, al quitarme los zapatos y la correa descubrí que las medias
estaban enteras y eran del mismo color y, el pantalón—aleluya— no se me
cayó. En el aeropuerto me esperaba el hermano Simeon para llevarme al
monasterio. Con él estaba Sue, una señora que venía de Chicago para el
retiro. Como era mediodía y debíamos esperar a un tercer pasajero que
llegaba a la 1:30, el hermano nos llevó a almorzar al Diner Corral.
Después de almuerzo volvimos al aeropuerto para recoger a Ron que
llegaba de Minneapolis; pero él—según nos contó después—no era un
huésped como nosotros, sino alguien que llegaba impelido por el llamado
de Dios para integrarse permanentemente a la vida monástica.
El monasterio
La Abadía de Getsemaní está a unas 50 millas al sureste de Louisville,
en medio de colinas verdes llenas de pinos, fresnos y nogales. El
pueblo más cercano, New Haven, se encuentra a 5 millas, y el paisaje
circundante no difiere mucho del que se puede encontrar en las zonas
rurales del este norteamericano. El edificio de color blanco contrasta
con el verdor del área circundante y con el azul del cielo despejado.
El silencio de la naturaleza circundante parece concordar con el que se
practica en el interior del monasterio.
Los trapenses llegaron desde Francia al corazón de Kentucky en 1848.
Desde entonces las instalaciones que ocupan han experimentado muchos
cambios, ampliaciones y renovaciones. El monasterio lo definen como una
escuela del servicio del Señor y un campo de capacitación en el amor.
Hospitalidad
El recibimiento fue muy cordial, ese día estaba el hermano Rene en el
mostrador. Hay un lema de San Benito, que se puede leer en una placa a
la entrada de la Casa de Retiro, este refleja una de las reglas del
monasterio, según la cual, cada huésped representa a Cristo y, como
tal, es bienvenido y cuidado por la comunidad. La hospitalidad puede
sentirse. Los trapenses han recibido huéspedes en esta abadía desde el
primer día de su fundación, y en la actualidad llega gente de todas los
rincones del país y del mundo. Todos son bienvenidos, sin importar su
creencia o denominación religiosa.
Un día en la vida del monje
Una vez instalado y después de hacer un reconocimiento del terreno que
pisaba, asistí a una conferencia para los huéspedes. En ella el hermano
Christian nos dijo: “Los monjes hacemos solamente tres cosas aquí:
orar, trabajar, y leer textos espirituales; todo esto con el fin de
convertirnos en personas de oración”. Y es cierto, empiezan su día a
las 3 y cuarto de la madrugada cantando Vigils. Luego oran o meditan
individualmente hasta las 5 y 45, hora en que se reúnen nuevamente,
esta vez para cantar Lauds. A las 6 y 15 hay una misa, y a las 7:00
están desayunando para volver a la iglesia a las 7:30 a cantar el
Terce. Desde luego, los huéspedes no están obligados a seguir el mismo
horario de los monjes, pero están invitados a todos estos eventos. En
particular, quien escribe nunca pudo estar en pie a las 3 de la mañana,
sin embargo ya estaba listo para desayunar puntualmente a las 7:00.
Luego, desde las 8:00, trabajan hasta el mediodía en diferentes tareas
necesarias para el sostenimiento de la comunidad. Por supuesto, ellos
tienen que alimentarse, vestirse y mantener el monasterio; por
consiguiente, trabajan. En Getsemaní, se ganan el sustento diario
produciendo queso, torta confitada, y dulce de leche con chocolate y
nueces que comercializan por correo y por el Internet. El trabajo se
concibe en el monasterio como un servicio y se le da preferencia a
aquel tipo de trabajo que favorece la oración. A las 12 y 15 las
campanas vuelven a sonar anunciando el Sext. A las 12 y media se sirve
el almuerzo. Luego viene el tiempo de lectura espiritual, lectio
divina, que practican individualmente y en absoluto silencio durante el
resto del día. Las actividades rituales siguientes para cantar los
salmos restantes son a las 2 y 15, None; a las 5 y 30,Vespers y
las 7:30, Compline. La cena se sirve a las 6 de la tarde. A las 7 y 45
es el Rosario y luego se retiran a descansar a sus celdas hasta el día
siguiente.
Mi programa
Esa es la vida del monje, pero no necesariamente la del huésped en
retiro. Mi programa diario consistía en 2 horas de meditación; otras
dos horas las dedicaba a un profundo y arduo, pero al mismo tiempo
gentil trabajo de introspección, reflexión, además del establecimiento
de propósitos acerca de mi proceso de vida. Estas dos actividades
centrales las distribuía por la mañana y tarde matizándolas con otras
menos exigentes. Otro de mis quehaceres fue la lectura, a ella le
dedicaba una horas o algo más, generalmente por la tarde y entrada la
noche. Para evitar el sedentarismo caminaba por lo menos durante una
hora y ocasionalmente tomaba fotografías. También escuchaba temas de
espiritualidad en discos compactos durante otra hora, generalmente al
aire libre en alguno de los jardines o espacios abiertos que abundan en
el sitio. Finalmente, empleaba algunos minutos en escribir mis
reflexiones en mi diario. ¡Ah!, no debo olvidar decirles que hacía una
reparadora siesta unos minutos después del almuerzo.
La contemplación fue una constante en esos días de calma y
recogimiento. En toda actividad en la que me involucraba traté de
mantener una actitud contemplativa. Otro factor importante fue la
flexibilidad en mi horario y planes. Decidía qué hacer según sentía qué
era lo más apropiado para mí en ese momento; actuaba desprovisto de
tensión. Otro aspecto que cooperó a que estos días de paz fueran una
realidad, fue el silencio. El silencio crea el clima espiritual
adecuado para que podamos escuchar nuestra voz interior y sentir la
presencia de Dios. Para mí, dicho silencio se quebraba solamente
durante las tres reuniones a las que asistía para cantar los salmos con
los monjes, que generalmente eran: Sext yVespers durante el día y
Compline por la noche.
Merton
Mención aparte merece mi descubrimiento de Thomas Merton. Había
escuchado hablar de él antes, pero no había leído ninguno de sus
libros. En la biblioteca del monasterio, como es de suponer, hay
abundante material de su vasta producción. Tuve la ocasión de leer
algunos capítulos de The Contemplative Prayer y de Spiritual Direction
& Meditiation; dos pequeñas joyas dentro del género de literatura
religiosa, no solamente por el contenido sino también por el estilo en
que están escritas. No hay duda de que Merton, aunque ya no esté
físicamente con nosotros, es un inspirado maestro espiritual de nuestro
tiempo.
Qué es la contemplación
Varias veces he usado la palabra contemplación en este artículo, por
consiguiente quisiera explicar de manera muy breve, y quizás
incompleta, lo que entiendo por este término. El estado de
contemplación es aquel en el que el individuo experimenta un grado
de unidad con el mundo exterior y de intensa armonía interna. Es
un estado mental, corporal, emocional, y espiritual. En este estado, el
cuerpo está relajado pero alerta a lo que ocurre en el exterior; la
mente se encuentra en calma, en lo que se conoce como estado alfa.
Tanto las emociones como la percepción sensorial y el pensamiento
racional se encuentran impregnados de amor y compasión por todos los
seres de la naturaleza, incluido uno mismo. Para los creyentes, en el
estado contemplativo, el individuo está unido a Dios; para los
cristianos, el sujeto está en armonía con el Espíritu Santo; para los
místicos, la experiencia contemplativa es una forma de unidad con el
Cósmico; y podríamos decir que para los budistas, es el estar presente,
mindfulness.
La vida contemplativa es aquella consagrada completamente a Dios y a
experimentar su presencia en cada instante, ya sea en el trabajo, en la
oración o en el tiempo dedicado a la lectura espiritual. En otras
palabras, la contemplación es la experiencia interior de la presencia
de Dios a través de la observación del mundo exterior. En ella, nos
identificamos y fusionamos con los objetos observados; en ella se
realiza la unión del observador y lo observado, del sujeto y del
objeto. Su esencia está constituida por el amor y la compasión.
Palabras finales
En esos días que pasé en la Abadía de Getsemaní pude vivir excelsos y
prolongados momentos de recogimiento, reflexión, paz interior, y
afianzamiento de mi esencia espiritual. En el silencio del monasterio
pude vibrar a unísono con el resto de la naturaleza y del cosmos,
comprendiendo por una vez más que nuestra realización última y primera
pasa por la disolución de eso que llamamos el “yo”, y por la fusión con
esa realidad mayor que involucra a todos los seres que habitan el
universo. Entonces, creo que esta vez estuve acertado en elegir
nuevamente pasar mis vacaciones haciendo un retiro, en irme lejos del
mundanal ruido pero cerca de mi centro, y en buscar permanecer en
contacto con la esencia y razón de ser de todas las cosas. Mi estadía
en el monasterio trapense ha sido baño de luz y un sauna espiritual, un
lavado del alma y un masaje mental; un reencuentro con Dios.
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| Posted: Oct.05.2006 @ 6:17 pm | Lasted edited: Sep.24.2008 @ 7:10 pm |
La música
Han leído mis artículos ¿verdad?, prometo poner uno por mes. Estoy
escribiendo uno que espero terminar pronto. Espero que hayan visto mis pinturas en
la sección Fotos; la pintura está en suspenso hasta nuevo aviso, por
ahora estoy haciendo música. Estoy preparando un segundo disco (que ahora les dicen CD).

Cubierta de mi primer disco, Varita Mágica
Si
no han escuchado nada de mi música, los invito a entrar mi sitio en CDBaby , ahí pueden escuchar mis canciones y comprar el
disco. Si están están un poco misios y solamente pueden comprar una
canción, vayan a iTunes y ahí la podrán bajar por 99 centavos, y si quieren MP3s de mis canciones que se puedan tocar en cualquier tocadiscos, los pueden bajar en EMusic. Pasen la voz, hasta pronto.
Ferna. |
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| Posted: Sep.06.2006 @ 8:14 pm | Lasted edited: Aug.21.2007 @ 2:48 pm |
La magia de Russeau
Por Fernando Osorio Zumarán
Cuando mis hijos eran chicos, allá en la Lima de los ochenta, yo andaba
muy involucrado en el arte; pintaba, dibujaba, hacía escultura, y
algunos experimentos en el campo de la integración de las artes. Fue en
esa época que --además de la admiración que la obra de Henri Russeau
suscitaba en mí, y cuyas razones mencionaré luego—me valía de sus
pinturas para contarles cuentos a mis hijos. Inventaba historias a
partir de las imágenes de cuadros tales como: “La encantadora de
serpientes”, “Gitana durmiendo”, o “La cacería del tigre” entre otros,
y los niños parecían disfrutar mucho. Para esto usaba las
reproducciones que circulaban en aquellos años en forma de fascículos
de la colección Maestros de la Pintura, publicada por la editorial
Noguer de Barcelona; colección que posteriormente empasté y le di forma
de libro, llegando a compilar 4 volúmenes.
La fascinación que Russeau evocaba en mí, se debía a la combinación de
ingenuidad, simpleza, poesía visual y enigma que reside en su obra.
Características que posiblemente realzaban las historias que solía
improvisar para mis pequeños, y que ellos, a través de sus sentidos e
imaginación infantiles, captaban y gozaban con la magia interna propia
de su edad.

Gitana durmiendo, 1897
Oleo sobre lienzo
(129.5 x 200.7 cm) Museo de Arte Moderno, New York
El vínculo que me une con Russeau, se consolidó en 1980, después de
haber dejado la Escuela de Arte de la Universidad Católica. En ese
entonces, al carecer yo de maestros de carne y hueso, tuve que recurrir
a los incorpóreos. Así, para continuar con mi aprendizaje, empecé a
copiar a artistas que gozaban de mi admiración, entre ellos “El
Aduanero”. Copié un par de sus cuadros y posteriormente usé otra de sus
imágenes, “Los jugadores de pelota”, como idea para componer uno de mis
cuadros: “Balial”.
Recientemente, grande ha sido mi alegría al tener a la mano la
oportunidad de contemplar los originales de las obras, que años atrás
me contentaba con ver en ilustraciones. Esto ha podido ser realidad
gracias a la exposición “Las selvas de Russeau” que la National Gallery
of Art de Washington DC está presentando hasta el 15 de octubre. Esto
de ver un original después de estar habituado a las reproducciones, es
un evento largamente acariciado por cualquier amante de la plástica. El
momento culminante es como el que experimenta aquel enamorado al ver
por primera vez a su prometida, a quien solamente conocía por
fotografía.
Uno de los aspectos más saltantes que he podido observar en ésta y en
otras muestras en los últimos años en la Galería, es, además de la
pulcra disposición física de los cuadros, la presentación del contexto
socio, político, cultural e histórico que rodeaba tanto al artista como
su obra. Este aspecto es fundamental, no solamente para entender los
condicionamientos que indujeron al artista a producir su trabajo, sino
también porque al recrear dichas condiciones externas, el espectador se
sitúa virtualmente en el ambiente en el cual el creador y su obra
tuvieron lugar. Esto se logra con creces en esta exposición. En ella se
puede apreciar una amplia selección de material documental que incluye
revistas y tabloides ilustrados, fotografías y souvenirs del zoológico
y jardín botánico de París, esculturas monumentales en bronce de
hombres y bestias en lucha, fotografías de las exposiciones coloniales
y Ferias Mundiales que tuvieron lugar en París en las últimas décadas
del siglo XIX, y taxidermia de la colección de Museo Nacional de
Historia Natural de París. Todo este material y escenografía
determinaron e influyeron de manera directa en la concepción y método
de trabajo del artista. La galería además proyecta de manera continua
un filme documental en el que se muestran aspectos de la vida de
Russeau; los ambientes parisienses, parques, jardines, ferias; y en
fin, todo aquello que en sus días contribuyó a inflamar la imaginación
del artista para que produjera su obra.
Algunos aspectos en la vida del maestro (1844-1910) que,
arbitrariamente, quisiera resaltar son los siguientes: Vivió en París
casi toda su vida y nunca salió de Francia, trabajó como oficinista de
aduanas en las cercanías de la ciudad; se jubiló a la edad de 49 años
para dedicarse exclusivamente a la pintura. Fue un autodidacta con
muchas ambiciones, aspiraba ser miembro de la conservadora Academia
Francesa, pero su manejo primario del dibujo y perspectiva provocó
críticas adversas de los entendidos de la época. A pesar de su poca
educación y refinamiento, Russeau fue un profundo conocedor de la
cultura popular de su tiempo, y supo integrar las ilustraciones de
revistas, historietas, postales y fotografías de una manera dramática y
lírica dentro de su pintura. En las postrimerías de su vida, recibió el
espaldarazo de la generación joven de vanguardia, entre los que se
contaban Pablo Picasso y el poeta Guillaume Apollinaire. Este grupo de
jóvenes artistas vio posibilidades nuevas para la liberación definitiva
del arte de los cánones tradicionales. Esta pre-visión se cumplió en
1911, al año de la muerte del artista, cuando el Salón de los
Independientes celebró los logros de Russeau con una exposición de más
de 40 de sus pinturas.
Y ahora en Washington tenemos la ocasión de asistir a la mayor
retrospectiva del artista organizada en los Estados Unido en los
últimos 20 años. Dicho todo esto, no he visto a muchos hispanos
circulando por ahí; sustituya un domingo de fútbol y cerveza por uno de
arte, y lleve a la familia por supuesto. No se arrepentirá; vaya a ver
la muestra.
En la actualidad, ya no les cuento más historias a mis hijos basadas en
los cuadros de Russeau, pero las sigo imaginando en mi mente cada vez
que me veo expuesto al misterio de su obra.
Setiembre 5, 2006
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| Posted: Aug.26.2006 @ 4:02 pm | Lasted edited: Aug.21.2007 @ 2:48 pm |
Inmigración y terrorismo: harinas de diferente costal
Por Fernando Osorio Zumarán
De un tiempo a esta parte, específicamente a partir del 11 de setiembre, parece que todo vale, que el fin justifica los medios. A partir de los lamentables sucesos acaecidos esa fecha, se ha venido poniendo en el mismo saco dos cuestiones de muy distinta naturaleza: inmigración y terrorismo. Desde esa fecha en adelante, la administración republicana y los medios de comunicación han emprendido la tarea de vincular estas dos palabras y, por ende, los dos conceptos. Y lo han hecho con una persistencia y constancia tal, que han contribuido a crear en la opinión pública un sentimiento anti-inmigrante en la sociedad americana y una aceptación casi tácita de una supuesta íntima relación entre estos dos conceptos—o en todo caso que existe un vínculo natural entre ambos. Migración y terrorismo son dos conceptos que poco o nada tienen que ver entre sí por su naturaleza intrínseca. No se trata de categorías conectas por definición, sino únicamente por cuestiones circunstanciales y hechos anecdóticos.
Veamos, la migración es el movimiento o traslado de personas desde su lugar de origen a otro con la finalidad de establecerse y mejorar sus condiciones de vida y la de los suyos. Es pues una actividad humana que se ha dado desde que el hombre puebla la tierra, y tiene el propósito de construir y desarrollar una vida nueva. La migración es una actividad pacífica basada en el optimismo y en la esperanza por un futuro mejor.
En cambio el terrorismo es una forma de hacer política por medios violentos. Está cimentada en la desesperanza y la desesperación, en una visión pesimista de la realidad. Su objetivo es la destrucción física y moral de lo existente con la finalidad de llevar a cabo su agenda. El terrorismo es la guerra de los que no están el poder, es la violencia de los que no cuentan con las leyes para hacer de la violencia algo legal. Los objetivos del terrorismo son políticos.
Los comandos terroristas que ejecutaron los deplorables actos del 11 de setiembre, no eran inmigrantes, eran terroristas. Ellos no vinieron al país a trabajar o a construir un futuro para sus familias, ellos vinieron a conspirar y a destruir. Si bien es cierto que entraron al país a través de los puestos aduaneros y pasaron los controles oficiales migratorios mostrando sus pasaportes y visas, eso no les atorga el estatus de inmigrantes. De la misma manera que los turistas que vienen por una semana a Disneyworld, pasan por todos los controles de inmigración, esto no los convierte en inmigrantes. Un inmigrante viene a quedarse, a fundar, a trabajar, y a hacer su vida aquí, no a destruir. Por eso no hay razón vinculante entre inmigración y terrorismo. Esta es una cuestión fundamental que debemos entender, ningún inmigrante tiene que ser automáticamente considerado sospechoso de ser terrorista.
Inmigración y terrorismo son categorías completamente diferentes, son harina de diferente costal. Sin embargo, tanto el gobierno y los políticos, como los medios de comunicación en su búsqueda de culpables a la crisis de relaciones internacionales–una de cuyas consecuencias es precisamente el terrorismo—han optado por el facilismo de encontrar una formula simple que explique tal crisis y han unido los dos conceptos en una sola batea. Así, a través de los medios de comunicación, se ha venido machacando en la opinión pública la idea que la inmigración acarrea terrorismo, de esta manera se ha exacerbado una posición hostil hacia los inmigrantes. Los políticos de turno a fuerza de asociar estos dos conceptos nos han acostumbrado a relacionar inmigración y terrorismo hasta un grado tal en que el ciudadano común acepta como una verdad incuestionable la relación entre ambos. Pero, si nos atrevemos a analizar y a ponderar adecuadamente los hechos, concluiremos que estas categorías son diferentes y merecen ser consideradas independientemente, en otras palabras no existe una relación causa-efecto entre ellas.
Permítanme citar el caso de Tim McVeight y Terry Nichols para ilustrar la diferencia en el tratamiento sico-social del terrorismo. Ellos, como recordamos, volaron el edificio Murrah del gobierno federal en Oklahoma City en 1995 utilizando un camión cargado con 5000 libras de explosivos. Como consecuencia del atentado murieron 168 personas—incluidos 19 niños. Los terroristas, eran ambos estadounidenses de raza blanca, de clase media y residentes de típicos poblados americanos. Los dos egresaron del sistema de escuelas públicas, posteriormente abandonaron la universidad y prestaron servicio por un tiempo en el ejército. McVeigh era católico. Si no mencionáramos la palabra terrorista, creeríamos estar describiendo a un par de típicos estadounidenses. A pocos se les ocurriría decir que todo estadounidense medio es un potencial terrorista. Es más, posteriormente al atentado perpetrado por estos dos individuos, tanto las agencias del gobierno como los políticos y medios de comunicación, no desarrollaron una campaña para crear la imagen de que todo o cualquier estadounidense es un potencial terrorista.
Sin embargo y por el contrario, en el caso del atentado del 11 de setiembre, el enfoque y el tratamiento de esta compleja y delicada situación social ha sido diferente. La causa de esta diferencia es obvia, en este caso se trata de extranjeros, de raza “mediterránea”, musulmanes, características que corresponden al antípoda del estadounidense promedio. Esta vez los que ejecutan la misión de destruir y cometen un atentado feroz no son los McVeigh y Nichols, sino personas de rasgos y color diferentes, hablan otro idioma, profesan otra religión. Entonces se recurre al reduccionismo y se colige que todo extranjero—especialmente si no es de raza blanca—es sospechoso de terrorismo. Se asocian los conceptos de extranjero e inmigrante con el de terrorista, y en medio de una paranoia impresionante, y con el argumento de estar trabajando por la seguridad ciudadana, se desata una cacería de brujas contra todo aquel que se aleje un poco del patrón característico que define al estadounidense. ¿No hay acaso un componente de racismo en todo este enfoque?
La tarea de convertir al inmigrante en chivo expiatorio ha sido tan obstinada y calculada en los últimos años que ahora los proyectos de ley sobre migración, terrorismo y seguridad ciudadana se ventilan en el Congreso en un mismo paquete, como si fueran harina del mismo costal. Los expedientes de inmigración se procesan en el Departamento de Seguridad Nacional, como si todos los inmigrantes fuéramos presuntos culpables de algún delito contra la seguridad ciudadana. El asunto de la inmigración es tan importante desde el punto de vista económico, social, y político, y afecta el quehacer nacional a diario y en todo orden de cosas, que merece la máxima atención del gobierno y de la sociedad. Para estar a tono con ese grado de importancia y necesidad social, sería apropiada la creación de un Departamento de Asuntos Migratorios o de una dependencia—eficaz y eficiente—del más alto nivel.
Tratar de resolver el problema del terrorismo mundial poniendo barreras migratorias y emprendiéndola contra la gran mayoría de inmigrantes inocentes es una postura ciega y barata que no contempla las verdaderas causas de aquel fenómeno. La solución al problema del terrorismo tiene que ver más con las relaciones de poder internacional y con la adopción de una política exterior justa basada en el respeto y en la paz, no en la prepotencia avasalladora que nace del poder económico y la superioridad militar.
La seguridad ciudadana es absolutamente necesaria y es una función básica que ningún gobierno debe descuidar, pero las acciones para lograrla tienen que desarrollarse en un marco de racionalidad, respeto por las minorías y considerando la variedad y el pluralismo—características que también definen y están en la base fundacional de los Estados Unidos. Endurecer las políticas de inmigración poniendo más barreras a los hombres y mujeres que vienen a mejorar sus vidas, no va a tener repercusión alguna en la ocurrencia de actos terroristas, pues estos últimos son cometidos por otro tipo de individuos y con otros fines, no por inmigrantes. Los programas de seguridad ciudadana y lucha contra el terrorismo deben llevarse a cabo sin arremeter contra un sector de la población que llegó a este país con sanas intenciones, las de crear un futuro promisorio para sus familiares. Lo contrario es inhumano y contraproducente. Hay que tener presente que a lo largo de toda la historia de este país, el inmigrante ha venido a realizar sus sueños y a contribuir con su esfuerzo cotidiano al engrandecimiento de esta nación. A las cosas por su nombre, un inmigrante vino a construir, y como tal merece el mayor de los respetos y que no se presuma de él lo que no es.
Agosto 4, 2006
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¿Quién mató al carro eléctrico?
Por Fernando Osorio Zumarán
Fui a la estación de servicio para llenar el tanque hace unos días y, como usted también lo habrá experimentado, tuve que pagar cerca de $50 dólares por algo que antes de la era “Bush at War” pagaba con la mitad. La administración republicana ha llevado al país a una guerra precisamente por el control del petróleo en el medio oriente y ahora el hidrocarburo se encuentra en su nivel de precios más alto de la historia. Quienes están en la Casa Blanca, son precisamente prominentes empresarios de la industria del petróleo y como tales, conocedores cabales de ésta, sin embargo el precio del crudo de petróleo y por ende de la gasolina son los más altos que uno recuerde. ¿No sería cuerdo suponer que con sus conocimientos, contactos e influencias, estos personajes podrían estar haciendo lo necesario para que el pueblo norteamericano—que los eligió—no se viera castigado por el alza del precio de la gasolina? Parece que esto no les interesa tanto como asegurar que las empresas petroleras mantengan en alza sus crecientes ganancias. Y en esto, hay que reconocerlo, han sido tenido mucho éxito, pues las utilidades de las compañías petroleras han alcanzado en los últimos años, niveles antes nunca vistos—inexcusablemente gracias a la guerra con Irak.
Una aspiración de la humanidad desde hace casi medio siglo ha sido la sustitución de recursos energéticos por otros que no supongan una reserva física sesgada geográficamente—como en el caso del petróleo, casi los 2/3 de éste se encuentran concentrados en el medio oriente. Otra aspiración plausible en la búsqueda de un recurso energético alternativo, ha sido la necesidad de controlar y reducir la contaminación ambiental, así como la de proteger el medio ambiente. La contaminación ambiental ha crecido a un ritmo tan alto en los últimos 100 años, que ahora—aunque algunos cortos de entendimiento y malintencionados se empeñen en negarlo—estamos asistiendo a una realidad llamada recalentamiento global, cuyas consecuencias serán desastrosas e irreversibles. Entre las que podemos enumerar se encuentran: los daños en el ecosistema y la agricultura, la desertización, la dispersión de la malaria, dengue y fiebre amarilla, y ciertas alergias. El hombre a lo largo de las últimas décadas ha imaginado un recurso diferente que no contamine el medio ambiente. Este recurso largamente soñado ha sido la electricidad. Así pues, después de muchos intentos aislados, en 1996 este sueño se hizo realidad al circular por las autopistas y calles de California el esperado auto eléctrico. Esto ocurrió, en parte, gracias a una ordenanza emitida en 1995 por el Air Resources Board del estado de California (CARB), que requería que el 10 por ciento de los autos vendidos en el estado deberían ser vehículos libres de emisión de gases para el año 2003.
El primer auto eléctrico, de diseño atractivo y dotado de las funciones y accesorios deseados en todo auto moderno, fue desarrollado y lanzado al mercado en calidad de alquiler por la General Motors. Su nombre, EV1. Al compararlo con sus primos hermanos impulsados por gasolina, aquel no dejaba nada que desear. Desarrollaba una velocidad de 80 m.p.h., contaba con aire acondicionado, calefacción, radio, tocadiscos, en fin con todos los elementos, características y comodidades que todo conductor desea encontrar en un vehículo moderno. Su principal ventaja, obviamente era la de no depender de la gasolina ni del aceite que requieren los autos de combustión interna, y la de no emitir gases tóxicos. Al no requerir lubricantes derivados del petróleo, era absolutamente limpio, y además de todo esto, silencioso, quizás más aún que la refrigeradora que tiene usted ahora en su cocina. Para los amantes de alcanzar altas velocidades en el menor tiempo posible, el auto eléctrico era capaz de satisfacer esa imperiosa necesidad: podía acelerar de 0 a 60 m.p.h. en 8.5 segundos.

El EV1 en todo su esplendor.
Usted podía recargar su batería en el garaje de su casa durante la noche, usando un cargador de 110 voltios o de 220. El primer lote de carros eléctricos podía recorrer hasta 80 millas antes de necesitar una recarga de batería; la segunda generación logró aumentar este millaje hasta 120. La limitación en el recorrido entre carga y carga, podría considerarse como una de sus desventajas. Sin embargo era suficiente para una gran mayoría de usuarios. Por ejemplo, un residente en Washington podría haber ido a su centro de trabajo en Baltimore ida y vuelta sin necesidad de recargar la batería en el trayecto. Esta desventaja sería aún menos significativa en estos días, pues en la actualidad se encuentra en desarrollo una batería capaz de mantener el auto en circulación hasta 300 millas por carga. Otro argumento que esgrimieron sus detractores fue la insuficiencia en número de estaciones de abastecimiento de energía eléctrica para estos coches. Pero el mercado podría haberse encargado de corregir fácilmente esta deficiencia, si se le hubiera dado la oportunidad. Según la lógica del mercado, con el incremento de autos en circulación habrían surgido negocios para satisfacer la demanda; de la misma manera como ahora han proliferado las compañías que producen accesorios para el iPod.
Pero ¿qué pasó? ¿Por qué esta maravilla desapareció de la faz de la tierra? ¿O acaso alguien ha visto un carro eléctrico circulando últimamente? La respuesta se puede encontrar en la película “Quién mató al carro eléctrico”. El realizador Chris Paine logra plasmar en este documental, un panorama que le permite al espectador entender los factores en juego y hacer un deslinde de responsabilidades. Su investigación exhaustiva tiene a la vez un tono de trama policial que la hace digerible y fácil de seguir; pues es imposible negar que se trata de un asunto complejo que tiene muchas aristas que atañen no solamente al campo de la tecnología y el medio ambiente, sino también al mundo complicado de la política, los intereses económicos, y los patrones de consumo de la población.
El filme pone frente a los reflectores de los inquisidores tanto a los sospechosos activos de este crimen—las compañías fabricantes de autos, las compañías petroleras, la mesa directiva del California Air Resouces Board (CARB), y el gobierno federal—como a los pasivos: los consumidores. Nadie se salva, todos son investigados y después de un acucioso análisis, a cada uno le toca su parte. Aquí Paine es algo benevolente, pues a mi parecer, el nacimiento, la vida y la muerte del auto eléctrico, se asemejan, desde un inicio, a un complot orquestado por los principales actores de este drama: los sospechos activos. Si no, veamos los hechos: La General Motors, obligada por la ley, lanza el EV1 al mercado, pero simultáneamente, y durante toda la corta vida de su retoño, ésta y otros fabricantes de autos desarrollan un agresivo cabildeo tanto en California como en Washington D.C., el cual finalmente concluye en un juicio contra la CARB para revocar la ley de reducción de emisiones. Paralelamente—y esto es contradictorio con las leyes del Marketing, por no decir una aberración—lanzan una campaña para desalentar a los consumidores a adquirir su producto. Esto les permitirá posteriormente justificar la decisión de descontinuar la producción debido a un desinterés en los consumidores y consecuentemente una insuficiencia en la demanda. Los fabricantes de repuestos automotrices y de insumos derivados del petróleo tales como el aceite, temieron una reducción de sus ventas en caso de un eventual aumento de popularidad del auto eléctrico, ¿a quién le venderían sus repuestos, y su aceite? Entonces también tuvieron otro motivo para presionar para que la ley de emisión de gases fuera revocada
Al final de esta historia, como corolario del juicio, la General Motors y otros fabricantes de autos lograron que la ley “Libre de emisiones” fuera derogada. Esto ocurrió coincidentemente en momentos en que la administración Bush hacía una puja decisiva en la Corte y, por otro lado, el presidente del directorio de la CARB era sustituido por otro, vinculado este último a las corporaciones automotoras. Como epílogo de esta historia real, el carro eléctrico fue el retirado de circulación y todo vestigio de su existencia fue destruido; como para hacernos creer que nunca existió, y como para indicarle a futuras generaciones de soñadores la inviabilidad del proyecto. Los carros fueron triturados y reducidos a polvo en distintas plantas de la General Motors y Toyota. Los enamorados de sus máquinas eléctricas lloraron y protestaron en las calles de Los Angeles, pero la suerte estaba echada. Algunos fueron detenidos. Así, otra vez, un sueño más quedó truncado. Prevaleció el afán de lucro de las grandes empresas. Las utilidades a corto plazo de las empresas fueron más importantes que el bien común y que la preservación de un medio ambiente sano y limpio para las actuales y futuras generaciones.
No obstante esta derrota, Paine concluye su trabajo en una nota optimista, sugiriendo que el auto eléctrico se adelantó a su época y que en el futuro las condiciones globales obligarán a un cambio en el uso de fuentes energéticas. Queda implícito en el filme que tarde o temprano el mundo moderno optará por energías más condescendientes con el medio ambiente. Estoy de acuerdo que esto ocurrirá algún día, pero el asunto es que el planeta y la humanidad no pueden esperar que estemos al borde de la extinción, el colapso ecológico, o más guerras como la de Irak para dar el paso adelante. Estaría de acuerdo con el cineasta en que el carro eléctrico se adelantó a su época, si el auto hubiera salido al mercado en 1912, año en que fue inventado, pero no en una era de desarrollo tecnológico como la actual. Por otro lado, lamentablemente, no me siento tan optimista como Paine; al menos mientras estemos gobernados por los representantes de los grandes intereses corporativos, mantendré mi optimismo un poco en reserva. Y no soy tan optimista, porque los sociedades que privilegian los intereses económicos de las corporaciones por sobre los intereses de la gente, solamente contemplan la rentabilidad de sus inversiones en el corto y mediano plazo y hacen lo inconcebible por imponer las condiciones que las beneficien, así éstas sean injustas o vayan en desmedro del bien común. No veo pues una solución favorable a los intereses de la salud de la gente y del medio ambiente mientras prevalezca la lógica de “Si se benefician las grandes empresas, como consecuencia se beneficiarán las comunidades”, esto es no es necesariamente cierto. Para que un nuevo proyecto de sustitución energética pueda prosperar, será necesario poner por delante el interés millones de personas y de futuras generaciones en el mundo; será necesario hacer que la gente entienda que la salud de la madre naturaleza—que generosamente nos ofrece un hábitat donde vivir—es más importante que la salud financiera y la avaricia de las corporaciones. Ojalá que la visión de Paine prevalezca sobre la mía y que la humanidad opte por otros recursos energéticos antes de que sea demasiado tarde.
Si “Quien mató al carro eléctrico” todavía está en los cines, vaya a verla. Si ya la quitaron de la cartelera, no importa, alquile el video, prepare una buena porción de maíz reventón, y disfrútela. Vale la pena.
Agosto 21, 2006
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| Posted: Aug.24.2006 @ 10:19 pm | Lasted edited: Dec.22.2006 @ 8:55 am |
Nada
Tú eres el silencio en esta madrugada eterna y azul, El fuego de una hoguera que se extingue, El lejano canto de las aves que migran al sur.
Tú eres el fantasma que se esconde detrás de la puerta Y desaparece cuando enciendo la luz del lamparín; Confieso que siento un escalofrío amarillo cuando te ocultas así.
Tú eres el humo del cigarrillo que fuma el empleado al descansar, El vapor que exhala el alcohólico al entregarse a su adicción, El sudor en la piel del atleta al llegar agotado a la meta final.
Tú eres el vacío y la nada que habita en las rendijas de mi noción, La temperatura de prueba que es imposible de asir, La luz del crepúsculo tenue que se diluye como el poder del computador.
Tú eres el copo de nieve que se deshace al tocar mi aliento tibio de ser, El helado de vainilla y chocolate que se derrite ante simple exposición, La nube que pasa y permuta su forma por la de un dragón.
Tú eres la ilusión perdida que canta el valse de mi país, Tú eres ahora la ausencia, el vacío, la nada, el dolor, Tú eres ahora la no existencia, la muerte sin defunción.
Tú eres la lejanía de una cometa que se le escapa de las manos A un niño hasta hacerse cada vez más pequeña Y perderse en una región arcana del universo.
Tú eres un pensamiento, una idea, un nombre en el ordenador, Algo que se almacena en la corteza cerebral y se le llama recuerdo, Algo que es y sigue siendo, mas ya no existe en la realidad.
(© Fernando Osorio Zumarán) (Arlington, Virginia, 17 agosto de 2006)
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| Posted: Aug.24.2006 @ 7:17 pm | Lasted edited: Dec.22.2006 @ 8:53 am |
Mi vida es casi un poema
Mi vida es casi un poema Que nace en una esquina de la ciudad, Se planta ante la prisa de la gente Y le entrega una sonrisa a quien pasa por ahí.
Mi vida es casi una canción de cuna Que compite con el canto de los pájaros Y se escucha en una radio descompuesta; Se le reconoce por el ritmo de rock.
Mi vida es casi un arte surrealista Con selvas y tigres de Russeau, Geometrías a lo Mondrian y misterios y libertad; Un arte comprometido con su línea y color.
Mi vida es casi un ciencia Con sus teoremas, hipótesis y tesis, Sus inferencias, leyes, y prueba de error; Es una ciencia exacta, con su reloj, probeta y albor.
Mi vida es casi una religión sin templos, Sin sacerdotes ni extremaunción, Una religión del momento pleno, Gones y celebración.
Mi vida es casi una novela roja Con sus amores perdidos y muertes sin solución, Sus diálogos cortazianos Y sus capítulos de experimentación.
Mi vida casi un sueño Con sus monstruos alados, laberintos y delicias de jardín, Con sus genios, hadas y magos Que me saludan al despertar.
Mi vida es casi una danza derviche Que se alza en medio de la guerra; Cuanto más bombas caen, más amplia La curva en su movimiento de talón.
Mi vida es casi un gladiolo Que escapa de su maceta Y persigue en delirio a la luz Para después sucumbir.
Mi vida es casi un poema Que crece como la hierba Entre las grietas de la pared. Mi vida es casi un poema, Un poema que quiere ser.
(© Fernando Osorio Zumarán) (Lubber Run Park-Arlington, 15 de agosto de 2006)
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