Los tres dones
Fernando Osorio Zumarán
Mi amiga Mary Ann Buckley tiene una buena costumbre: después de leer un libro, ver una buena película, o realizar un viaje, escribe un documento en donde registra sus pensamientos y comenta lo recientemente experimentado. Por otro lado, Stephen Covey, en su libro El octavo hábito, les pide a sus lectores que, al finalizar cada capítulo, hagan un alto en la lectura y enseñen lo aprendido como una manera efectiva de afianzar y aplicar lo leído. Para emular a Mary Ann y seguir las recomendaciones de Covey, he preparado el presente artículo.
Estoy convencido que cuando uno enseña es cuando más aprende. También creo que una forma de enseñar puede ser escribir, por tanto, voy a escribir ahora acerca de lo que he encontrado en el libro de Covey: sobre los dones que la vida nos ofrece. Y lo hago fundamentalmente como una manera de internalizar las ideas vertidas en uno de los primeros capítulos del libro mencionado, y de poner en práctica los principios que vamos a comentar en estas líneas.
Los dones
Este artículo versa sobre los dones, esas capacidades notables con que la vida nos ha dotado. Al ser conscientes de ellos y al usarlos oportuna y apropiadamente, podemos darle un significado trascendente a nuestra vida. Al incorporarlos proactivamente en nuestro diario quehacer, podemos transformar positivamente nuestra vida, así como aportar algo valioso a nuestros semejantes y a la sociedad.
Los regalos que la vida, la naturaleza, o Dios—según sean nuestras creencias—nos ha dado, y de los cuales vamos a hablar, son los siguientes: 1) La libertad de elegir, 2) Los principios, y 3) Las inteligencias.
Libertad de elegir
Principios Inteligencias
Fig. 1. Los tres dones
La libertad de elegir
El modelo estímulo-respuesta es simple. Veamos; ante un estímulo cualquiera hay una respuesta por parte nuestra, pero entre ambos hay un espacio—o brecha—en el cual decidimos el tipo de respuesta a optar.
Voy a presentarles un ejemplo, pero antes, permítanme aclarar que los casos que presento en este artículo son experiencias personales. Estas han sido seleccionadas, no como un ejercicio de exaltación de mi ego, sino como un intento de concordancia entre lo que predico y practico. En otras palabras, pretendo escribir y preconizar solamente sobre aquello que realmente he sido capaz de aplicar a mi vida personal. La especulación teórica está fuera del ámbito de mi interés. He aquí un ejemplo: En Craigslist encontré un aviso de un músico que quería formar un trío para cantar música romántica; me interesó la idea y concerté una cita con el gestor del proyecto: Nelson. Quedamos en encontrarnos en el estacionamiento del metro de King Street, a las 2 p.m. Llegué dentro del rango de tiempo permisible, a las 2:05. Mientras estacionaba mi coche, alcancé a ver que Nelson recogía a otro músico interesado que también debía reunirse con nosotros en ese lugar. Pero grande fue mi sorpresa y decepción al ver que ambos se alejaban sin esperarme. Yo no tenía la dirección donde íbamos a reunirnos posteriormente. Los perdí de vista rápidamente. Me llené de frustración y rabia. Regresé a casa enojado, cogí el teléfono y llamé a Nelson. No contestó; le dejé un mensaje en el que le contaba toda la historia del frustrado encuentro y lo que había visto. En un tono resentido y crítico le dejé grabado lo siguiente: "está bien que no me hayas esperado, pues más vale conocer a una persona pronto que tarde", luego añadí, "por tu desdén en esperarme me he dado cuenta de qué clase de gente eres". Eso sonó feo, ¿verdad?
Posteriormente, intuí que yo había obrado mal, me sentí turbado. Después pensé: quizás hice deducciones indebidas, o quizás él tuvo alguna razón para no esperarme. ¿Qué había hecho?, ¿por qué sentía tanta insatisfacción después de dejarle el mensaje? Trataré de explicarlo a la luz del modelo estímulo-respuesta.

Fig. 2. Modelo Estímulo-respuesta
En este caso hubo un estímulo, Nelson no me esperó. Yo me sentí dejado de lado. Hubo una respuesta mía, me ofusqué y le dejé un mensaje un tanto agresivo. Entre el estímulo y la respuesta se dio un espacio de oportunidad para que yo pudiera escoger una respuesta, una oportunidad que desaproveché. Fue ahí donde yo no estuve en control y me dejé llevar por una emoción negativa; alcé el teléfono y lancé mi ataque. Pero pude haber optado por una respuesta diferente, más comprensiva y sana.
En ese espacio es donde reside la libertad de elegir, y donde podemos decidir qué tipo de respuesta es la que vamos a dar, si actuaremos con sabiduría o si nos dejaremos llevar por las emociones provocadas por el estímulo. Podemos elegir nuestra respuesta porque, como seres humanos, tenemos la libertad y el poder para hacerlo. La libertad de elegir determina la calidad de nuestra respuesta y la tiñe con un tono positivo o negativo, según la dirección en que nosotros decidamos responder. Observemos cualquier situación en nuestra vida y tratemos de determinar esa brecha en la cual nosotros siempre tenemos el poder de decidir nuestra respuesta. Es posible hacer que ese espacio sea más grande, más pequeño o inexistente. Es una cuestión de voluntad. Pero lo primero es tomar conciencia de la existencia de ese espacio y, segundo, tratar de expandirlo a fin de responder de una manera sicológicamente sana y basada en principios.
La existencia de este espacio en el cual ejercemos nuestra libertad de elegir, es lo único que puede salvarnos de la creencia que ante todo estímulo solamente hay una respuesta. La existencia de la libertad de elegir nos libera del fatalismo, le resta poder al estímulo, permite que dejemos de culpar a los demás por nuestros actos y traslada la responsabilidad hacia nosotros. En ese espacio entre estímulo y respuesta, somos nosotros—y no otros—quienes decidimos, salimos de la situación de víctima, y trascendemos los determinismos genéticos y culturales que son parte de nuestro ser. Estos últimos influyen pero no determinan. Somos nosotros los que decidimos. Este espacio, en que ejercemos nuestra libertad, es el lugar en el que reside nuestra ulterior satisfacción.
Los principios
Por el don de la libertad, elegimos nuestra respuesta ante un estímulo dado. Esta elección tiene que ser tomada con sabiduría, pero ¿de qué sabiduría estamos hablando, en base a qué vamos a responder a los estímulos? En primer lugar debemos recordar que cada acción tiene una consecuencia, es una ley inexorable. Por consiguiente nuestra decisión sobre cómo actuar debe hacerse en concordancia con ciertos principios, señala Covey. Estos son conceptos universales y permanentes que forman parte de la naturaleza humana. Son intrínsecos a nuestro ser, indiscutibles y evidentes. Además son comunes a todos los seres humanos, e independientes de la cultura y geografía. Estos principios son: la justicia, la honestidad, la verdad, y el respeto. También podemos continuar mencionando la integridad, la armonía, la compasión, el servicio a los demás, y la contribución a la sociedad. Es la intuición, o inteligencia espiritual, la que nos permite reconocer si estamos caminando por el camino correcto, es decir si nuestras acciones se encuentran enmarcadas dentro de principios. Estos, según Covey, están siempre presentes en la vida social y operan constantemente, como las leyes de la naturaleza, como la ley de la gravedad por ejemplo.
Permítanme contarles un caso. Hace poco asistí a un evento en el cual tenía que compartir la habitación con dos personas más. Teníamos que estar listos a las 6 de la mañana para la primera actividad del día. Obviamente, esto suponía que debíamos levantarnos antes. Uno de los miembros del grupo, Rick, decidió la hora: las 5 y 15. Yo le pedí que pusiera el despertador a las 5 y media para poder pasar un poco más de tiempo horizontal. Rick a su vez consultó con Ken, quien se manifestó neutral. Rick usó esa neutralidad a su favor y mantuvo la hora que inicialmente había propuesto; Ken asintió. Yo no insistí en mi pedido, pero empecé a sentir rabia contra Rick por haber hecho caso omiso a mi pedido. Cuando menos me di cuenta, yo ya había acumulado una cantidad de cólera suficiente como para sentirme completamente infeliz y ser incapaz de conciliar el sueño. Empecé a pensar cosas horribles de mi compañero de cuarto y desearle la peor de las suertes. Fue cuando una luz interior iluminó mi entendimiento, súbitamente recordé el modelo estímulo-respuesta y decidí aplicarlo para salir de aquel pequeño infierno emocional en que me había sumido. Analicé los acontecimientos. Vi claramente el estímulo: la negativa de Rick a poner el despertador a la hora que yo consideraba apropiada; la respuesta: una irritación galopante en mi interior, la pérdida de mi tranquilidad, y el profundo sentimiento de separación e infelicidad que había crecido dentro de mí. Entonces vislumbré la brecha y decidí modificar mi respuesta emocional en base a un par de principios: la armonía y la compasión. La armonía que debiera reinar en este grupo de 3 personas que por varios días debíamos compartir una habitación. La compasión por mi compañero Rick, que, probablemente no tenía nada personal contra mí y solamente pensaba que era una buena idea levantarse 45 minutos antes de comenzar con las actividades. Luego de decidir modificar mi respuesta para bien, me di cuenta que la compasión que buscaba se orientaba fundamentalmente hacia mi persona, pues no era sabio sufrir como un infeliz ni albergar odio en mi corazón. Descubrí que el mayor beneficiario de la compasión era yo mismo. En ese momento yo ya estaba situado en la brecha en la cual somos libres para decidir nuestra reacción. Percibí con claridad que yo podía elegir entre llenarme de ira y poner a Rick en mi lista negra y sufrir, o liberarme del sufrimiento y ver a Rick, y a mí mismo, nuevamente con ojos compasivos. La decisión estaba tomada, decidí liberarme de la rabia y sentir paz. Pero, la liberación presupone un reconocimiento y una aceptación del sentimiento. Para ello, puse ese sentimiento maligno, que me estaba corroyendo, dentro de un globo y lo dejé ir hacia el espacio infinito; y lo dejé alejarse hasta que se hizo pequeñito y desapareció de mi vista. Al finalizar el ejercicio, yo estaba nuevamente en paz, libre de sentimientos negativos, y así fui capaz conciliar el sueño.
La mañana siguiente el despertador sonó a la hora fijada, mis compañeros se levantaron raudos, yo me quedé en la cama hasta las 5 y media. Luego me levanté, me aseé y me vestí, pero tuve que agitarme para poder estar listo a las 6:00. Luego me di cuenta que habría sido más sensato levantarme 15 minutos antes y haber contado con cierta holgura al alistarme. Comprobé que mis compañeros tenían razón, las 5 y cuarto era la hora apropiada para levantarse. Cabe además agregar que durante los días subsiguientes los tres tuvimos la oportunidad de entablar cordiales y fructíferas conversaciones. Al término del evento, Rick, Ken y yo éramos ya buenos amigos. Es pues en el espacio entre el estímulo y respuesta donde reside nuestra satisfacción con nuestros actos.
Las inteligencias
El tercer don es múltiple y está conformado por las inteligencias. Cuando hablamos de inteligencia pensamos en la habilidad intelectual para analizar, hacer abstracciones, usar el lenguaje, y comprender. Sin embargo, estas caracterizaciones obedecen exclusivamente a la esfera del intelecto. Estas constituyen solamente un aspecto de la inteligencia, la cual podríamos llamar inteligencia mental. Pero la inteligencia es algo más que eso. Daniel Goleman habla de la inteligencia emocional como la capacidad de conocerse a sí mismo, de adaptarse a un medio socio-cultural y de relacionarse y comunicarse con las personas de una manera exitosa. Este tipo de inteligencia es en muchos casos mucho más importante y útil que la primera. Los especialistas señalan que la inteligencia emocional determina, en mayor medida que la mental, el éxito en los ámbitos de las relaciones humanas, las comunicaciones y el liderazgo.
Fig. 3. Las 4 inteligencias/capacidades
Además de estos dos tipos de inteligencia, tenemos la física y la espiritual. La inteligencia física es la capacidad que tiene nuestro cuerpo para funcionar coordinada y armónicamente—aun mientras dormimos—y para curarse a sí mismo. Es importante ser conciente de esta maravillosa capacidad, la cual muchas veces damos por descontada.
Covey se refiere a la inteligencia espiritual como la fuente y el origen de las otras tres. Aquella alrededor de la cual giran las demás. Es más, según él, la inteligencia espiritual es la que guía y dirige las otras tres.
Desarrollo de las 4 capacidades
La buena nueva de todo esto radica en que estas capacidades no son estáticas y en la posibilidad de desarrollarlas. Como es fácil advertir, las 4 inteligencias tienen áreas comunes, una y otras se traslapan. Por ejemplo, si hacemos ejercicio físico, nuestro tono muscular mejora y nuestro cuerpo, en general, se va a hacer más flexible, fuerte, saludable y va a funcionar mejor. Lo cual va a influir en nuestro estado emocional y mental, vamos a funcionar de una manera más armoniosa con nuestro entorno social, y vamos a ser capaces de pensar de una manera más clara.
Nuestro destino es evolucionar, para eso estamos sobre este planeta. Nuestra tarea, por consiguiente, es desarrollar las cuatro aspectos de nuestro ser: físico, mental, social, y espiritual.
Lo ideal es trabajar conjuntamente en el desarrollo de las 4 inteligencias. Para ello podemos valernos de algunos ejercicios propuestos por Covey, los cuales he modificado ligeramente. Trace un plan en cada una de estas dimensiones y dé los pasos necesarios para hacer cambios efectivos. Si piensa que es demasiado trabajar simultáneamente en las cuatro dimensiones, empiece por identificar algunas de ellas y dedíquese a su desarrollo. He aquí los ejercicios:
1. Para la inteligencia física—suponga que usted ha tenido un ataque al corazón; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
2. Para la inteligencia mental— suponga que solamente le quedan cuatro años de vida útil en su profesión; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
3. Para la inteligencia emocional— suponga que todo lo que usted diga sobre otras personas, puede ser escuchado por ellas; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
4. Para la inteligencia espiritual— suponga que usted tiene una reunión mensual con su Dios; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
Los esfuerzos por desarrollar estas capacidades, si bien es cierto van a redundar en nuestro beneficio personal, no son vanos ejercicios egoístas, pues debemos entender que cuanto mejores personas seamos, más beneficios podremos aportar a la sociedad y los demás. Cuanto mejores individuos seamos, nuestro impacto y capacidad de influir en otros serán mayores. Cuanto más desarrollemos estas capacidades estaremos en mejores condiciones de inspirar a nuestros semejantes en encontrar su verdadero camino.
Podemos crear un mundo nuevo
Contamos con todo lo necesario para hacer de nuestra vida lo que siempre hemos soñado; contamos con las inteligencias o capacidades; tenemos los principios que forman parte intrínseca de nuestra naturaleza; y contamos con la libertad de elegir lo que queremos hacer de nosotros y de nuestra vida.
Hemos recibido estos dones como parte de nuestra naturaleza. Es necesario ser consciente de ellos, aplicarnos en nuestra vida y desarrollarlos. Al hacer uso efectivo de estos dones podemos ser más felices, sabios, y, por consiguiente, aportar algo mejor a la comunidad en la que estamos inmersos. Al crecer como personas podemos convertirnos en fuente de inspiración para otros y ayudar a los demás en la búsqueda de propia voz. Premunidos de las inteligencias, basados en los principios, y entrenados en el uso juicioso de la libertad de elegir, podemos crear un mundo nuevo y más pleno para nosotros, y, como consecuencia, para los que nos rodean.